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| Las compensaciones suelen ser contraproducentes. Foto: BAER vía Gemini |
1. Mea quoque culpa est. No puedo decir que tengo autoridad moral porque también hice cosas para evitarme a los reprobados, no por buena gente, sino por evitarme el doble trabajo y ni así lo lograba; no vayan a pensar que era trampa pura (a veces sí), se trataba de un ajuste estadístico para cerrar números hacia arriba, justo como le hacen en las tiendas para redondear las cuentas. El caso es que aunque no era una práctica que realizara siempre (curiosamente se daba en los grados inferiores), fue la misma que dio la puntilla para que me retirara de las aulas. Con ello pude percatarme que lo poco o mucho que tuviera de vocación, tenía algo de peso y era cierto que no me gustaba verle la cara a nadie, mucho menos a mí mismo.
2. Doble trabajo. En mis tiempos de estudiante era igualmente sospechoso que un docente tuviera toda su matrícula reprobada o toda, sólo con dieces, así que los criterios de calificación debieron diversificarse, más allá de un examen escrito. Las tareas también tuvieron sus cambios, principalmente en la concepción que se tenía de ellas en casa, pues pasaron de ser un instrumento de aprendizaje a ser uno de mantenimiento de la paz en el hogar; llegué a escuchar a una madre de familia que le dejara tarea a su hijo para que ella pudiera trabajar sin interrupciones, imagino que no sabía lo que estaba pidiéndome ni tampoco que ella estuviera dispuesta a revisar el trabajo de su vástago. Total, los maestros no tienen vida propia.
3. Exámenes anti fallos. Nunca me gustaron, ni como estudiante ni como maestro, siempre preferí un diálogo en el cual hacer ver o descubrir que sí se había hecho la lectura y se tenía una opinión al respecto; a los exámenes de pregunta y respuesta en papel, los vi como una extensión de la memoria en la que nunca se exponía el propio punto de vista y las pocas veces en las que a algún maestro se le ocurría preguntarla, la costumbre nos llevó por el mismo lado de repetir la información memorizada. Por lo anterior, varios de ellos (pude descubrirlo en clase) ponían preguntas que garantizaban el pase, para no tener que reportar a más de la mitad del salón como reprobados, algo plausible, pero que en ocasiones no funcionaba.
4. Dificultad para hablar. Dentro del círculo vicioso de la educación integrado por la incorrección gramatical (heredada desde casa) y el uso de vocablos hiper integradores de significados disímbolos, podemos identificar (y apostar por que así esté sucediendo) una muy marcada dificultad para hablar, ya no digamos en público, sino al entablar una conversación personal por parte de quienes cursan desde los últimos grados de primaria hasta los primeros de preparatoria, lo cual nos lleva irremediablemente a conectar ese problema a la poca comprensión lectora, no nada más de textos, sino de situaciones cotidianas en las que intervenga la expresión oral. Quizá sea por eso que se inventaron todas esas reglas de «protección» a la juventud, pues de todos modos, no entienden. Salud.
Beto

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