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miércoles, 1 de julio de 2026

La ignorancia como valor

Nunca debe perderse la capacidad
de asombro. Foto: BAER vía Gemini

Irapuato, Gto.-

1. Cambiar la perspectiva. Para un civil normal, ser ignorante es casi como tener un defecto, algo que debe esconderse de la vista de otros porque, de alguna manera, todos suponemos que debemos saber todo de todo para ser respetados. Cualquier dejo de desconocimiento en algún tema, nos hace ver como minusválidos mentales; debemos creer que esa desventaja nos marcará por un lapso importante de nuestra vida, hasta que demostremos que lo hemos superado, ya sea resolviendo problemas o recitando pasajes de algún tipo de información a diestra y siniestra. Pero ignorar nos permite tener una perspectiva de nosotros mismos, de nuestras capacidades y potenciales y lo mejor de todo, el no saber nos obliga a averiguar, con lo que nos daríamos cuenta de que estamos avanzando.

2. Es tu amiga. ¿Qué herramientas usamos para combatirla? O mejor preguntémonos, ¿es primordial combatirla? ¿Por qué no, mejor verla como una aliada? Sería más productivo el verla como el motor que nos impulse a averiguar en lugar de una traba para nuestro desarrollo. La única prueba que tengo para fundamentar esta aseveración, es el darme cuenta de que el rostro de un sabio se ilumina como el de un niño cuando descubre algo que no había escuchado o leído y eso le resulta de utilidad, es como una productiva adicción. Partamos de la base de que no es nuestra obligación saberlo todo, ni siquiera aquello relacionado con nuestra práctica profesional, lo que sí debemos procurar es manejar bien la información que nos es útil para trabajar.

3. Todos ignoramos algo. Por fortuna, lo que sabemos tiene una menor aplicación que lo que conocemos y esto, es mucho menor que lo registrado en todo tipo de documentos, es decir, la ignorancia nos representa un campo amplísimo para explorar. En buen romance, significa que la ignorancia es el motivo principal para averiguar qué es lo que sucede en nuestro entorno. Más que un defecto a componer, ignorar puede convertirse en un sinfín de accesos a nueva información, a generarnos sorpresas a cada paso que damos, con la salvedad de que el mundo, por sí mismo, genera un número finito de datos ya que la evolución es lenta para el número de años que vivimos, sin embargo, los que genera nuestro cerebro respecto de él, no tiene fin.

4. Motor de la sabiduría. La ignorancia, insisto, no es una carga ni mucho menos, motivo de vergüenza aunque así nos la hayan vendido en los setenta; es una oportunidad diaria para alimentar la curiosidad, poner a trabajar a nuestro cerebro y reactivar nuestra casi olvidada capacidad de asombro. Porque todo lo que sucede en este mundo es motivo de investigación, no sólo lo espectacular ni lo potencialmente remunerativo; la naturaleza puede estar atrapada en costras de concreto y chapopote, pero aprovecha cualquier resquicio para asomarse y hacernos saber que debemos jugar con sus reglas, ya que cuando pierde la paciencia, nos obliga a recordar que sólo somos una bola de ignorantes. Salud.

Beto

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