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| El silencio debería ser regular de todo inicio en relaciones humanas. Foto: BAER vía Gemini |
1. En clase. Parece imposible actualmente pensar en ello, puesto que las regulaciones del comportamiento tanto de docentes como de discentes aplicados en estos tiempos, se basan en las libertades de los segundos y las obligaciones de los primeros; más allá de la coerción, algunos maestros ya habrán encontrado la manera de convencer a sus alumnos de mantenerse callados, al menos por periodos significativos, puesto que ese comportamiento facilita la comprensión sobre la utilidad de la tarea que estén realizando. El silencio sí es un tesoro que algunos devalúan imponiéndolo a la fuerza dejando un pequeño resquicio para la insubordinación eventual, lo que nos mete en una dinámica circular o espiral sin fin.
2. En confidencia. Si llegamos a ser depositarios de un secreto ajeno, ya sea directa o indirectamente, el silencio se convierte en la principal forma de acuerdo; no es de hombres de bien andar revelando a otros lo que se nos ha confiado, independientemente del peso de tal confidencia, puesto que para aquel representa lo más importante de su vida en ese momento. Más allá de la reputación ajena, la que ponemos en juego a la hora de revelar un secreto, es la propia y no hay castigo social más demoledor, que el ser tachado de poco fiable. Estarán pensando en alguna persona que no puede guardar secretos y que le importa poco ser tachada de chismosa, pero vista de buena manera, será la referencia para no convertirnos en ella.
3. En lo laboral. Vámonos por el mismo camino de la concentración, ya que fue ésta la que me dio una de las pistas para saber que nunca sería buen abogado, médico o contador, ese tipo de información no lograba tener mi atención por más de cinco minutos (en un buen día), mucho menos para difundirla eficientemente para no crear caos. La secrecía en esas profesiones es tan importante como la práctica misma pues la información que manejan tiene tal condición que un error o una falla en su difusión, destruiría a una persona o a todo un grupo. Noticias como una bancarrota, una enfermedad terminal o el que una orden de aprehensión no tenga remedio suelen ser devastadoras cuando no se tiene el tacto para anunciarlas.
4. En las relaciones interpersonales. Cuando afirmamos que en años anteriores nuestras mamás no necesitaban de un grito o un regaño para mantenernos a raya y bastaba una mirada para hacerse entender, no lo decíamos por que hubiera la complicidad absoluta de dos seres inteligentes, era más bien, la imposición de una actitud en donde quedaba claro que no dejarían impunes las afrentas a su autoridad, así que no quedaba de otra que callar y enfrentar lo que viniera después. Aprendimos a callar y a obedecer para no ser castigados, a desobedecer si soportábamos las consecuencias, pero más que nada, a guardar silencio cuando comprendimos que un conflicto doméstico no es suficiente razón para entablar discusiones con poco sentido real. Salud.
Beto

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