![]() |
| No siempre se puede culpar a otro. Foto: BAER vía Gemini |
1. Por la cultura de la culpa. Recae en nuestro hombros la tradición milenaria de responsabilizarnos de lo que hicieron otros en tiempos pasados, por lo que es normal aceptar que Cristo murió por nuestros pecados (y si ése fue su pago ¿por qué seguimos naciendo como pecadores?), fuimos conquistados por los españoles (pero sólo nos es significativo lo que heredamos de ellos), perdimos la mitad de «nuestro territorio» (el mismo que los gobiernos del siglo XIX tenían casi abandonado), pero nos encanta regodearnos en un sentimiento de pertenencia basado en la tonta concepción de vernos desposeídos. Lo peor del caso, es que ninguna penitencia nos alcanza, la sensación de que no merecemos el suelo que pisamos, nos acompaña hasta la tumba.
2. Enseñar responsabilidad. Esto parece normal y evidente desde cualquier punto de vista, puesto que ser responsable es uno de los pilares para que haya una convivencia cordial en comunidad, lo que quizá no queda claro es que debamos aprenderlo como la necesidad que representa; hacer o no responde a varios factores como la oportunidad, la pertinencia, la valoración y el compromiso, por citar los más importantes, pero ¿a cuántos de nosotros se nos convenció de ser responsables? En realidad fue una imposición, como la de la obediencia, en la que no cabía cuestionamiento alguno y cuyo aprendizaje se dio en la experiencia, primero tratando de no meternos en problemas y segundo, al sopesar las consecuencias. Una maestra muy dura doña Experiencia.
3. Acusar, nunca. La imagen del chivato pesa demasiado en todos los grupos a los que tenemos acceso, no es aceptable ni digno de consideración aquel que viva para acusar a los demás, sean o no ciertas sus acusaciones; quizás esta interpretación de las relaciones humanas venga desde los tiempos en que la cohesión absoluta era requisito indispensable para la sobrevivencia del clan pues, al ser una estructura muy simple comparada con las subsiguientes estructuras sociales, había problemas más urgentes que atender antes que hacer caso a posibles intrigas, además de que en un número reducido de personas, es difícil no enterarse de lo que hace cada uno de los miembros del grupo y posiblemente, esto haya sido el germen del honor en la palabra.
4. Yo nunca fui. Crecimos con un sentido de culpa que nos obliga toda la vida a andar esquivando señalamientos y juicios que, a veces, ni siquiera van dirigidos a nosotros; librarnos de ella parece una práctica en dos fases, la primera, no participar en eventos que se escapen de nuestras manos y la segunda, si lo hiciéramos y somos descubiertos, negarlo todo. Como es casi imposible que nos abstengamos, la negación se ha convertido en la válvula de escape por excelencia, llegando a institucionalizarse en las altas esferas de la política y aceptada tácitamente por el común de la gente, porque «todo el mundo lo hace» y «nunca nadie se hace responsable» que todos entendemos a pesar de la doble negación. Salud.
Beto

No hay comentarios.:
Publicar un comentario