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| Cuando se agota el repertorio, no queda más que ser intenso. Foto: BAER vía Meta AI |
1. Motivo de ingenio. Admiramos a quienes salen bien librados después de haber cometido algún ilícito menor, acciones normalizadas porque «así somos y qué le vamos a hacer»; muchos de utilizado alguna vez los pretextos para librarnos de un compromiso no contemplado o no deseado, la credibilidad de esos pretextos recae en la manera en que los decimos, el número de veces en que los hacemos aparecer y si nuestro palmarés de compromisos cumplidos soporta lo suficiente para ser disculpados. Nunca son motivo de alabanza, pero hay que aceptar que se necesita ingenio para crear pretextos creíbles, con la salvedad de que sólo son útiles en una o dos ocasiones, lo que obliga a inventar muy seguido, argumentos válidos para los demás, si es que nada nos gusta hacer.
2. Un escudo contra la verdad. No se trata de ocultar algo por lo que pudieran culparnos en una primera instancia, dado que en el uso de los pretextos, lo que impera es la no disposición a realizar una tarea o asistir a un evento, así que hay que ocultarla en un segundo plano; los inicios de las frases que encierran pretextos son muy gráficos, por ejemplo: «no es que no me interese...», también: «ya ves cómo se pone mi mujer cuando llego tarde...» u otra de mayor peso: «es que no puedo dejara a los niños solos por mucho tiempo...», cuando en realidad, nunca hemos mostrado interés en ese evento al que nos invitan, tenemos más de tres años divorciados y ni siquiera nos hacemos cargo de la pensión alimenticia de los retoños y todo el mundo sabe de esa situación.
3. Como arma secreta. Al más puro estilo de James Bond, todo el mundo los conoce y detecta de inmediato, sin embargo, también tenemos introyectada la idea de que pudiera ser verdad todo lo que los demás nos dicen o que todo el mundo merece una segunda oportunidad... o tercera... o cuarta... hasta pareciera que se trata más de una prueba a nuestra paciencia, que del saber cómo defendernos de argumentos tramposos. Y todos tenemos pretextos para eludir responsabilidades o personas a las que no deseamos ver por múltiples razones; como un pretexto no es otra cosa que una mentira poco elaborada (los demás argumentos son los apoyos a la primera), está en el interlocutor el querer desentrañar las causas por las que es objeto de tal afrenta o dejar que caiga por su peso
4. Rodeo vano. En general, un pretexto es el rodeo a una razón, si con esto podemos resumir el esfuerzo que implica resistir la negativa a realizar una tarea o a participar en un evento sin que esto tenga consecuencias, pero ser bueno en crearlos no nos hace más inteligentes que los demás, ni siquiera podemos decir que gozamos de la simpatía de aquellos que tienen que soportar nuestras invenciones y adivinar con ellas, cuándo era verdad y cuándo era mentira lo que escucharon sus oídos. La actitud normalizada en presencia de un pretexto es el no cuestionamiento, el no enfrentamiento, el dejar pasar para no desgastarnos en escuchar, como sustento del pretexto, una serie de mentiras a veces inconexas que posiblemente se olvidarán para ese momento, pero que aparecerán en otros. Salud.
Beto

Pienso que en ocasiones influye el no querer herir susceptibilidades y no somos honestos.
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