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| Fechas y horas nos marcan la línea a seguir diariamente. Foto: BAER |
1. Tiempo ideal de trabajo. La legislación sobre las cuarenta y ocho horas a la semana de trabajo se acordó para evitar, entre otras cosas, la explotación de cualquiera que alquile su fuerza laboral pero, ¿cómo se llegó a la idea de que ese número de horas y su administración era el ideal para mantener el nivel óptimo de producción y de salud de los trabajadores? Y en esta cuestión no sólo hago referencia a obreros, también a los puestos medios y empresarios, pues como tenemos entendido, los desgastes no son del mismo tipo, pero son semejantes en intensidad. Si la universidad de Oxford encontró en un estudio que la productividad de un individuo disminuía después de seis horas de trabajo, ¿por qué no adoptar ese régimen en el contexto laboral nacional?
2. El descanso. Es posible que tampoco sepamos administrar el descanso o siquiera entender qué es en realidad; por lo general escuchamos a la gente económicamente activa decir que postergan o, de plano, no toman sus vacaciones porque el tiempo no les da para terminar con lo que tienen que hacer en sus trabajos, posiblemente no se han enterado de los estragos que esa costumbre trae a la salud o, sabiéndolo, de cualquier manera lo hacen porque sus necesidades aún no están cubiertas, así que deciden seguir trabajando. Por otro lado, habrá quienes (pocos) verán a su actividad como un oasis en el cual descansar del mundanal ruido, por lo que pensar en periodos en los que dejen de trabajar, les representa más una carga adicional de estrés y no un descanso.
3. Las fechas extraordinarias. ¡Benditas fiestas patronales! ¡Santísimas fiestas de la virgen! ¡Honor y gloria a los héroes que nos dieron puentes! Los planes laborales -al menos los de los empleados- parecen fundamentarse con base en las fiestas, sean civiles o religiosas; cada año repetimos las mismas cosas esperanzados en que algunas se mantengan por siempre y otras nos ayuden a cambiar el orden de las realidades que nos rodean. No tenemos ingerencia en la manera en que pasa el tiempo, ni decidimos cuándo es martes o cuándo domingo, nada más decidimos qué hacer cuando la convención nos indica los cambios de fecha; si acaso, nada más podemos imponernos rutinas con las cuales sentirnos seguros de que hacemos bien las cosas y que nos saldrán iguales todos los días.
4. Los demás. Cuando se trata de una institución, es ésta la que impone sus ritmos y sus tiempos, pero un calendario personal debe contemplar sus propias relaciones y sentidos; desde el mismo horario de clases hasta las órdenes del día en una empresa, la marca de objetivos y metas moldearán el ritmo y los tiempos de trabajos y descansos a la vez que servirán para organizar las actividades complementarias. Calendarizar sirve para dar sentido al tiempo que pasamos frente a un escritorio, dirigiendo un equipo deportivo u organizando a una cuadrilla en obras públicas, puesto que nos permite cerrar ciclos, ver metas concluidas y disfrutar de los resultados, porque al final del día, lo que el cerebro nos pide es tener control de nuestro entorno y de la propia vida. Salud.
Beto

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