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| Un pingüino encontró dos montañas y jugó colgándose de sus nubes. Foto: BAER |
1. Para todo uso. El kinder y los primeros años de primaria de mi época de infante, rebozaban de historias ilustrativas sobre las cosas que debíamos aprender, que si la convivencia, que si el comportamiento social, que si las teorías sobre el origen de los grupos humanos, como el de la diosa que cocinó en su comal a tres figuras hechas de maíz y una le quedó quemada, otra cruda y la última bien cocida, dando a entender con ello cómo es que hay humanos con distintas pigmentaciones de piel. Hubo una que nos explicó cómo aparecieron los signos matemáticos, pero por desgracia, no la recuerdo, quizá porque fue la señal de que los números y yo tendríamos una relación distante, no así las palabras y las imágenes. Aún en la preparatoria, las historias atrapaban nuestra atención, por lo que me preguntaba, ¿por qué no eran así todas las clases?
2. Cuento ortográfico. Era un lunes por la mañana cuando sorprendentemente, el salón del primero A de la escuela Carlos A. Carrillo de la ciudad de México se vio atendido de pronto por tres maestras, la titular del curso y dos practicantes; después de la presentación, fuimos testigos de los esfuerzos de dos chamacas por probarse que podían manejar a un grupo de chiquillos de finales de los sesenta. Una de ellas llevó preparada la historia del pingüino que, jugando en dos montañas gemelas con dos nubes, le dio vida a las diéresis; lo que aún me sorprende es que tenía tal capacidad narrativa que pude imaginarme al animalito de uno de los picos de la «U» al otro y colgarse de cada una de las nubes sobre ellos, lo cual lo convierte en el primer cuento que oí.
3. Un descubrimiento. ¡Eureka! Por fin una historia en toda forma después de tantos meses de atiborrarnos de teoría que así es y no va a cambiar; Arquímides se convirtió en uno de los personajes que la ciencia soltó un poco para que pudiéramos imaginar una situación más allá de la solemnidad que parece exigir la enciclopedia y, con ello, poder humanizarlo un poco. Y es que no todos los días tendríamos la oportunidad de escuchar sobre un científico al que el rey le encargara averiguar sobre si su corona era de oro en realidad y que el descubrimiento se diera cuando iba a tomarse un baño y por la alegría, salera corriendo a la calle encuerado. Parece una anécdota inocua por ser quien era y la época en la que vivió, pero si algo así le hubiera pasado a otro en la época victoriana, la que se hubiera armado.
4. Susceptibilidad teórica.
Para nada es condenable, pero la manera de enseñar la teoría (así de plana) no ha permitido que aprendamos lo suficiente, estamos con los cerebros llenos de datos con lógica matemática, susceptibles de ser olvidados al más mínimo contacto con algo más interesante, que nos obligamos a ser repetitivos y forzar a la memoria, pero el riesgo del olvido queda latente. En el examen final de química de segundo o tercer grado, estaba la pregunta estaba la pregunta sobré cómo había descubierto Arquímides que la corona del rey era de oro, curiosamente fue la única respuesta que no había estudiado y la que sólo me bastó escucharla una vez para estar seguro que había contestado bien, ¿la razón? Mi cerebro está condicionado a escuchar historias no a guardar datos; si mal no recuerdo, todos la sacamos bien. Salud.

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