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| La división implica también unión. Foto: BAER |
1. Lo viví en la escuela. En 1969 se tenía la convicción de que así como se dividían los baños por sexos, también los demás espacios, por lo cual, en la primaria donde empecé mi instrucción básica, al gran edificio que albergaba los seis grados, lo dividía una barda por el medio quedando la mitad para las niñas y la otra para los niños; para 1971, con el cambio de escuela y de ciudad, ya no había dos edificios gemelos, pero sí mantenían salones para cada sexo. En 1973, el cambio fue notorio, era quinto año y en el mismo salón convivíamos niñas y niños, pero la división seguía mitad y mitad, lo que duró hasta la preparatoria, ya entrados en 1982. En la universidad, la apertura fue total, no había divisiones espaciales y cada uno decidía dónde sentarse, en lo referente a los salones, porque con los baños, aún no estamos preparados.
2. Supuesta división del trabajo. También yo creí la historia de que en la «era de las cavernas» se originó la división del trabajo por sexos, versión que tiene unos siglos (varios) desfasada; es más lógico pensar que las mujeres prehistóricas también participaban codo a codo en la caza y la recolección y no fue sino hasta la adopción del sedentarismo en que tal división apareció, cuando los físicos de ambos se diferenciaron tal y como los conocemos ahora. La clave está en que lo que acabo de mencionar, el físico era casi semejante en fuerza y resistencia en ambos sexos, la evolución y las costumbres adoptadas por las sociedades vinieron a separar las actividades, las que requerían fuerza y salir al campo para los hombres y las de administración del hogar y la educación de los hijos, para las mujeres.
3. Actividades especiales. Al enterarme que en la secundaria debíamos llevar un taller, mi machismo acumulado por referencias de poco menos de quinientos años, afloró y rotundamente me negué siquiera a imaginarme en el de corte y confección, por lo que vi al de electricidad como el destino infalible al que debía asistir, aunque nunca me gustó en realidad; tampoco creo que la maestra de corte me hubiera permitido entrar al salón, imagino que lo consideraba, igual que todos los adultos de la escuela, el último reducto en el que las niñas podían estar en paz. Lamentablemente, lo poco que aprendí en ese taller, de poco me ha servido y con la herencia de la máquina de coser de mi tía, más me hubiera servido estar en el otro, pero ¿quién demonios iba a imaginárselo?
4. Juntos, pero no revueltos. No creo haber sido pionero de la inclusión, pero de que por un día causé revuelo, lo causé; las jornadas de preparatoria parecían una extensión de las de la secundaria, clases aburridas en su mayoría y maestros empecinados en mantenernos quietos como maniquíes, la distribución de los salones era la misma, hombres por un lado y mujeres del otro, aspecto que era lo más «natural del mundo» con la salvedad de que el lado masculino se caracterizaba por ser una sucursal del manicomio. Una mañana en que el tercer semestre se había propuesto llevar al máximo su relajo, yo decidí que era mejor sentarme en el lado de las mujeres; no hubo problema hasta la clase de química; me negué a la petición de cambiarme sin saber que el maestro sería el director de la escuela a la que me cambiaría en cuarto semestre. Qué cosas. Salud.

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