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| Quien no ha dado clases, no sabe lo que es bueno. Foto: BAER |
1. Paraíso dudoso. Cada reinicio de ciclo es lo mismo, tanto maestros como alumnos regresan a un lugar que suponen ya conocido y dominado, pero en el que muy en el fondo esperan ser sorprendidos; las esperanzas podrían estar fundadas en que ahora sí vayan a aprender cosas útiles, sorprendentes o, al menos, curiosas o que alguno de los pupilos consiga despertar y resulte ser el genio que la escuela estaba esperando. No se puede hablar de desencanto si no sucede porque el ámbito escolar tiene la característica de provocar situaciones que entretienen a todas las partes, posiblemente no todas divertidas, pero sí que, a pesar de su obligatoriedad, tendrán algo de atractivo. Termino aquí con mi parte hipócrita y confieso que, cuando tuve que soportar a alumnos impertinentes o a la presión administrativa, a ambos quería ahorcar.
2. Dinero sencillo. Durante la década de los ochenta, dar clases parecía la sentencia de que tu carrera había acabado antes de iniciar, porque hasta los gringos afirman «quien no puede, enseña»; los docentes lo veíamos al revés, quien no enseña, nunca aprende. Ambas posturas son exageradas, pero sí había un trasfondo en la primera afirmación que era el supuesto de que, como trabajo, la docencia no representaba mayor problema, por lo cual era un dinero fácil de ganar, así fui testigo de varios intentos por parte de compañeros que nunca imaginaron el nivel de preparación que se requiere para pararse frente a grupo. Aquellos que lograron sobreponerse, realizaron carreras muy dignas, a los que no, se les notó que estaban de paso, por fortuna propia y de los demás.
3. ¿Sólo das clases? Seguiré diciéndolo, por mucho que me aseguren que se trataba de una pregunta inocente, me repataeaba que me la hicieran, pues sentía que infravaloraban con ello mi trabajo; por supuesto que no ganaba carretadas de dinero, supongo que nadie dedicado al magisterio en escuelas particulares lo hace, pero la responsabilidad era igual o mayor que la de cualquier profesionista, puesto que en el aula tenemos la salud mental de las nuevas generaciones en nuestras manos. Mi respuesta más acertada se dio en una ocasión en la que me agarraron en mis cinco minutos de intolerancia y de mi boca salió el reclamo: «no sólo doy clases, cambio conciencias», lo cual fue mágico, no por el efecto que tuvieron mis palabras en la otra persona, sino en mí. Por fin tuve la respuesta.
4. Dignidad en entredicho. Quien siga pensando que el magisterio es un apostolado, está desfasado unas cuantas décadas; párese en el frente de un grupo para tratar que un montón de infantes hacinados en sesenta y cuatro metros cuadrados (o menos), aprendan contenidos que les servirán de poco, ya sea porque no les ponen atención o, peor aún, porque no tienen aplicación en su realidad; ya nada tiene de romántico ni de satisfactorio puesto que la escuela, salvo esfuerzos individuales, se ha convertido en una fábrica de repuestos para una industria reactiva que debe protegerse de la insaciable voracidad de un sistema político dirigido por rémoras. No hay dignidad en producir refacciones, en mantener mentes reactivas que se satisfacen con todo, menos con el pensamiento. Salud.
Beto

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