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miércoles, 14 de enero de 2026

Con, sin o a costa

El trabajo suele tener momentos divertidos,
las clases más. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Nunca trabajé. Uno de los principales legados que nos ha dejado mi padre es el de saber encontrarle la diversión a lo que tenemos que hacer para vivir. lo cual implica que, si no éramos capaces de lograrlo, entonces no era por ahí; la importancia de levantarnos con ganas de cumplir con las labores que tenemos encomendadas, toma proporciones titánicas si no nos divertimos con lo que hacemos, puesto que perderemos el tiempo tratando de encontrar pretextos para justificar ausencias, falta de rendimiento o malos tratos a los demás y encontrar motivos para seguir laborando será sumamente difícil. Citando a mi progenitor, yo nunca trabajé, temprano pude darme cuenta de cuáles eran mis obligaciones y qué estaba fuera de mi alcance, lo cual hizo que mi estancia en las aulas, mantuviera el mismo interés que cuando comencé en 1981.

2. Con ustedes. He pensado desde hace varias décadas que la diversión debe compartirse, cuando hayamos encontrado algo que pudiera ser interesante, con mayor razón; en cada aula a la que acudí, entré con el supuesto de que los que estuvieran adentro, irían con la misma perspectiva de interesarse en los contenidos que trataríamos en los siguientes meses, por suerte fue así en ocasiones muy significativas, curiosamente en la mayor parte de ellas con psicólogos, quizá porque encontraron que la sociología o la comunicación (materias que les impartí), tenían argumentos que serían susceptibles de bromas, sin que con ello se desvirtuaran los textos que tratamos. Compartir e intercambiar esas bromas, hizo que varias teorías se despojaran de la estorbosa solemnidad.

3. Sin ustedes. Nunca he necesitado vejigas para nadar, aunque me costó trabajo aprender y es una imagen que puedo aplicar a todo; por fortuna o por desgracia, mucho de lo poco que sé, lo aprendía a la primera. Suerte o banco de información (seguramente lo segundo), esas coincidencias me llevaron a dar clases, lo cual encontré divertido por descubrir que de esa manera yo aprendía más y lo satisfactorio que resultaba el observar cómo se encendían los rostros de mis pupilos (de todas las edades) al momento de entender algo. Me divertí, por supuesto, pero les hice partícipes aunque no siempre aceptaron la invitación, lo cual no mermó la diversión porque tenía en mis manos la fórmula para hacer interesantes (para mí) mis clases, un rasgo egoísta que me ayudó a sobrevivir.

4. A costa de ustedes. No era una situación que se repitiera seguido, pero sí me tomé algunas libertades sin agarrarla en contra de alguien es específico, tampoco muy pesado, pero sí llegué a poner en problemas a algunos por no saber qué contestar a uno o dos de mis cuestionamientos. Creo que mi broma más recurrente recaía en aquellos que llegaban tarde al decirme «¿puedo pasar?», yo les contestaba «¿a ver?» Al principio todos titubeaban y ya que entraban les decía a todos mira, «sí pudo». Las bromas más elaboradas surgían según lo que estuviéramos tratando o haciendo, así que debía hacer gala de improvisación, pero sin abusar de ella, para que no se convirtieran mis clases en un circo. El caso es que en todos esos años, a todos mis salones, se los advertí. Salud.

Beto

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