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| Algunos recuerdos son los encargados de mantenernos vivos. Foto: BAER |
1. Academia del terror. Nada había más aterrador que la víspera de clase de biología a cargo del doctor Spíndola en al primer año de preparatoria, peores eran los nervios cuando en dicha materia te tocaba «dar la clase»; sin una buena metodología de estudio (mucho menos un método definido) ni una didáctica adecuada, la tortura a la que nos sometíamos era insufrible; digo que nos sometíamos porque el doctor, como buen hijo de su tiempo y producto de su carrera, sólo aprovechaba la presión que nos generábamos al tener que aprendernos de memoria términos y partes corporales con las cuales difícilmente trabajaríamos, como resultó en los años subsiguientes, pues sólo unos cuantos de nuestro salón accedieron al bachillerato y la carrera de medicina, para salvaguarda de los pacientes.
2. Qué monstruos son. Desde el otro lado, la secundaria me pareció siempre una pérdida de tiempo, no por el nivel en sí mismo, sino porque sentí en cada oportunidad en que dí clases, que nada tenía que ofrecerles; por supuesto, pasé una etapa (en cada escuela) en que caí en la tentación de culpar a los muchachos de que las cosas no funcionaran en mi clase y algo había de eso, pero no era totalmente su culpa pues, al darme cuanta de mi animadversión por tratar de enseñar en ese nivel, varias cosas cobraron sentido, por ejemplo, que me parecieran muy ruidosos cuando el estándar de los planteles era ése, que olieran raro después de su clase de educación física (no tengo idea por qué eran intermedias) ni qué necesidad tenían de llamar mi atención con voces o movimientos estrambóticos.
3. Complemento deportivo. Lo más probable es que tuviera esos malestares porque eran justo de lo que quería alejarme en mi juventud, por mucho que yo lo recomendara y hasta pusiera rutinas a mis jugadores, el calentamiento no era lo mío porque equivocadamente consideraba que con mi condición física y el estar activo la mitad del día, era suficiente; ahora como adulto mayor, mi cuerpo se encarga de recordarme esas omisiones del pasado, aunque también he de decir que la inercia me ha servido hasta estos días para no tener achaques más allá de aquello que no solucione el reposo. El haber practicado mayormente deportes que no requieren contacto físico, me libró de lesiones serias que me hicieran caminar encorvado o con las piernas chuecas, por lo que creo que en una balanza, con el deporte salí ganando.
4. Graduación satisfactoria. En ninguna etapa hubo una fiesta de graduación, salvo en la primaria, posiblemente porque el maestro Salvador Mundo Salinas se dio a la tarea de organizarla, en los demás, la división de tareas hizo mutis, por lo que recuerdo con cariño los actos académicos; si tuviera que inventarme una razón de peso para no hacerlas, diría que las fiestas cada vez fueron más personales y lo entiendo en la maestría en la que el sistema fue a distancia y la mayoría éramos de fuera del Distrito Federal (para mí siempre lo será), pero de todos los anteriores, no lo supe. Comprendí que esas entregas de papeles serían la última ocasión en que vería a la mayoría y en varios se ha cumplido debido a su deceso; a los que casualmente me encuentro en la calle, los veo con mucho gusto y que así sea. Salud.
Beto

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