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| Y luego dicen que el socialismo los uniforma. Foto: BAER |
1. La confianza en un sistema. Quizá sólo sea costumbre, cuando algo se repite por mucho tiempo, crea confianza aunque los resultados sean magros; el sistema educativo nacional parece que se conformó con la buena voluntad de Vasconcelos ya que sus adaptaciones a las etapas que ha vivido se han hecho sin pensar exhaustivamente en si son adecuadas para nuestras maneras de actuar y trabajar o si encajan en cómo percibimos la vida. Somos un pueblo soñador, imaginativo, melodramático y telenovelero que finge no asombrarse con lo que tiene alrededor para no parecer ingenuo o tonto, como cualquier imberbe adolescente. La combinación de eso con unos planes educativos industrializados, nos han impedido crecer seguros de lo que somos, por el contrario, estamos inmersos en una búsqueda constante y perpetua de una identidad casi inexistente.
2. Las «glorias» del hacinamiento. La frase «codo a codo» carece de sentido cuando hay tres infantes apretujados en un mesabanco de cuarenta y cinco centímetros de ancho, esa cercanía es mucho más incómoda de lo que pudiera pensarse, el llenar hasta el tope un salón de clase tiene dos supuestos, el primero, que los maestros son sumamente capaces de atender a quince o a sesenta niños y el segundo, que los niños aguantan sin protestar cualquier situación adversa, porque ¡un niño qué va a saber! Pero el precio a pagar por la tolerancia residual, tanto de alumnos como de maestros, se va cobrando con episodios de enfermedades contagiosas controlables, eventos algo violentos por convivencias forzadas o ausencias por otros factores que, o nos crean inmunidad o resultan como caldo de cultivo para futuras alergias.
3. Uniformidad de criterios. En la parte general del conocimiento y en lo referente a las ciencias exactas, tener un criterio universal de enseñanza suena lógico, sin embargo, hay métodos que aunque se hayan probado en otros ámbitos, no significa que vayan a dar resultados aceptables en el corto plazo; ni el humanismo ni la educación por competencias parecen haber hecho la diferencia para que seamos una mejor sociedad, el primero porque sigue predicando sobre una base utópica que repite que la solución en el trabajo individual sin que las dinámicas familiares se hayan sanado y el segundo, propone el desarrollo de habilidades, no para un desarrollo integral, sino para tener «mejores oportunidades de empleo» como si se tratara de tener mejores refacciones para la industria, canjeables en el corto plazo, logrado ya en la parte legal.
4. Una sociedad de iguales. Detrás de los romanticismos libertarios o de las condenatorias doctrinales, suponemos que hay una fórmula para erradicar las diferencias que inutilizan nuestra idea de sociedad justa, donde estemos lejos de incertidumbres y violencias y quizá sí exista, pero no en el tratar de engañarnos con discursos pseudo democráticos ni con imposiciones de socialismos inexistentes, sino con la aceptación personal de que todos merecemos estar en este mundo, por lo cual debemos procurarnos el bienestar mutuo; ¿de verdad quieres ser socialista? Empieza por tu empresa. ¿Lo tuyo es la democracia? Hazla valer en tu casa. Que no te importe que los demás no lo sean, conviértete tú, compruébate que funcionan y sé feliz. ¿El capitalismo entonces? Bien, procura no jodernos. Salud.

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