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| Para ser intelectual no se necesita un uniforme. Foto: BAER |
1. La tradición. Tengo la idea de ya haber mencionado las diferencias categóricas entre lengua, lenguaje y habla, algo que en la universidad vimos hasta el cansancio por lo que supuse que era del conocimiento común, por lo que el escrito de ayer fue algo así como un recordatorio; un ejercicio mental así debe aplicar como algo que tradicionalmente se considere trabajo intelectual. Esta última palabra, en mis tiempos de estudiante, englobaba toda la concepción de lo que debería ser y hacer un individuo que la ostentara; la vestimenta, por ejemplo, debía ser muy sobria, un traje negro quizá, tal vez una camisa de manta con pantalón de mezclilla y huaraches o un faldón chiapaneco. Por supuesto que los accesorios se complementaban con un morral colgado en el costado derecho.
2. La pose. Nunca he sido partidario de tomar para mí una imagen «todo terreno» pues me es más cómodo comportarme según vaya indicando el lugar donde esté los cuales, por fortuna, se mantienen casi siempre en una misma línea; hay quienes que, abanderados por la coherencia, hablan, se comportan o se visten siempre de la misma manera, como en un personaje teatral que no se permiten abandonar por el riesgo a perder su «papel» en esta puesta en escena que llamamos vida. Pretextos para adoptar una pose hay muchos como la austeridad, el deportivismo, el sacrificio o la intelectualidad; de esta última palabra se desprenden los seres que pareciera que tienen la capacidad de flotar más alto que los demás, pues sólo entre ellos podrían entenderse.
3. Un derecho. Porque la educación misma lo es; la intelectualidad no puede ser patrimonio de unos cuantos en términos absolutos, ya que cualquier obrero, campesino o artesano realizan un trabajo intelectual previo a utilizar sus manos; deben poner en orden sus pensamientos, calcular materiales, beneficios y riesgos y establecer tiempos en los procesos y muchos, hasta se dan el tiempo para «ilustrarse», que haya quienes puedan vivir de lo que piensan, no significa que sean los únicos que usan su intelecto. Por así decirlo, intelectuales somos todos, pero producimos diferentes cosas, unos maíz y frijol, otros, partes automotrices o juguetes y los demás, productos de belleza, vacunas, fertilizantes o libros, todos por igual importantes, por lo que tratar de maximizar a unos o demeritar a otros, resulta ocioso.
4. Su obligación. La naturaleza de quien usa su intelecto (todos) es la de difundir el conocimiento, no acapararlo, no almacenarlo, sino ponerlo al alcance de los demás para que sean ellos los que le encuentren beneficio; nadie está obligado a dar soluciones (a menos que se trabaje como servidor público), pero sí a estar dispuestos a opinar si se nos solicita en la búsqueda de una. El trabajo intelectual no siempre es remunerado pues, aunque existan tabuladores, la verdad es que es más fácil calcular por los productos logrados. Y hablando de lo producido, el intelectual que difunde conocimiento (si vive de ello) debe estar obligado a crear medios para tal efecto, para eso hay libros, revistas, folletos, radio y video si se pretende llegar a un gran público, si no, con su voz a sus cercanos basta. Salud.
Beto

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