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| El sentido crítico evita que aceptemos todo sin pensar. Foto: BAER |
1. Empecemos a observar. Para poder realizar una acción de tal magnitud, es necesario aprovechar la facultad de nuestro cerebro de reparar en detalles por minúsculos que sean, que se salen de lo común, es entendible cuando nos damos cuenta de la contraparte que es que lo común pasa inadvertido, que podemos educar nuestra atención. Poner atención requiere de su ingrediente principal que es la paciencia, claro que es un elemento activo que permite recorrer cada parte de lo observado entendiendo cómo se ensamblan entre sí, si sus colores son contrastantes o complementarios, si tiene aroma o pestilencia y si todo eso tiene alguna equivalencia con otros objetos o personas y aquí, quizá lo más importante, si puede ser explicado mediante alguna teoría científica para contar con una especie de ficha técnica.
2. No ser criticón. Buscar y encontrar defectos en nuestro entorno con el fin de burlarnos de ellos, para nada confirma un sentido crítico; la búsqueda es apenas el primer paso y el final debe ser el siempre tener una propuesta de mejora o cambio. Una persona crítica señala, pero explica las posibilidades de que algo llegara a estar mal, por lo cual tendrá la posibilidad de entender cómo es que dará su explicación de lo que observa como error; no es lo mismo señalárselos a un operario novel que a uno que lleva años haciendo su trabajo de la misma manera. Aunado a lo anterior, la propuesta debe sustentarse en una teoría adecuada al lugar y a las personas a las que se pretende ayudar y, de ser posible, con una prueba de que la mejora o cambio efectivamente va a funcionar, lo que significa seguridad y maniobrabilidad.
3. ¿Para qué buscar? Aunque tengamos claro que somos seres receptivos desde nuestra concepción, no todo el conocimiento se hereda vía ADN ni se capta en nuestra vida intrauterina, la mayor parte de él y lo que sabemos lo obtenemos por medio de la experiencia, aunque a veces la sobre valoramos, por ejemplo, cuando enfrentamos algo que de antemano sabemos que nos hará daño, como en el caso de querer experimentar con la gravedad, no nos tiramos de un edificio de cuarenta metros de altura para comprobarla o resulta tonto argumentar «¿cómo sabes si no lo has probado?» respecto del consumo de las drogas sin supervisión médica; no, buscamos y experimentamos (normalmente) para encontrar formas adecuadas y sanas de sentirnos mejor, para encontrar artefactos que nos ayuden a optimizar nuestros trabajos en un ambiente controlado.
4. Lenguaje adaptativo. No es lo mismo usar palabras sencillas que abaratar conceptos, las primeras son la forma en la que nos vamos a expresar con los demás y los segundos mostrarán la profundidad de nuestros pensamientos. Aquí podríamos entrar en un dilema, usar o no tecnicismos; no voy a ponerme tajantemente a favor o en contra, sólo diré que hay que usarlos como lo que son, herramientas que pueden dar mayor exactitud a lo que decimos, por lo que la moderación deberá prevalecer. Al decir que los lenguajes son dinámicos, no nos referimos a cambios de significados por capricho, sino a su adaptabilidad por su uso a las circunstancias prevalecientes en el grupo, lo cual significa que esos cambios refieren a situaciones técnicas de una práctica en específico y no a cambios en el idioma, como algunas veces un grupo minoritario habrá pretendido. Salud.
Beto

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