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miércoles, 15 de octubre de 2025

¿Aprendemos a leer?

Aprender a leer no tiene fecha
de inicio. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. En la escuela. La respuesta corta desde el punto de vista de convertirnos en lectores asiduos, respetuosos de los textos, que sabemos ubicar la intención del autor y, por tanto, comprender las circunstancias relatadas y poder dar una opinión acertada sobre los resultados, sería no. Sí, si consideramos al acto de repetir mental u oralmente lo que está escrito, pero sin ninguna carga cognitiva, ese acto es circense; el proceso para llegar a ser buen lector no termina ni siquiera en la universidad, si apostáramos sólo a ese camino, por fortuna muchos lo concluyen en etapas anteriores, pero no por su experiencia académica, sino por un descubrimiento extramuros. Parece casualidad, pero el descubrimiento sin ser espectacular, si nos marca al futuro con la sabiduría de qué es lo que nos satisface leer y el ritmo (muy importante) con que queremos hacerlo.

2. En la casa. Por supuesto que sí, si a lo que nos referimos es a las situaciones, los tonos de voz o las órdenes que recibimos, lo cual difícilmente aplica para los textos; habrá quienes hayan gozado de la atención de sus padres para aumentar sus habilidades lectoras, pero se habrán dado cuenta de que eso no es lo común en los hogares del país. En casa solemos aplicar lo que aprendimos en el aula lo que no es un gran apoyo para encontrar el gusto por la lectura, menos si cuando se nos manda a leer, escuchamos el mismo tono que se usa al ordenar «ponte a barrer» y al obligar a hacer algo que debiera ser divertido, lo transformamos en un castigo. Es cierto que no hay una estrategia estandarizada para hacer que los niños lean, sin embargo, nos queda claro que lo que sigue motivándonos a hacer cosas, es la imitación.

3. En la calle. Posiblemente ustedes también tuvieron el impulso irrefrenable de leer los letreros publicitarios en las azoteas de los edificios cuando, de niños, daban un paseo a pie o en auto en una tarde lluviosa, soleada o como fuera; los de la carretera parecen irresistibles, pues hacemos conciencia de que repetimos mentalmente cada palabra, a veces sílaba por sílaba; la publicidad nos presenta la ventaja de tener mensajes completos en pocas palabras por lo que, quizás, algunos compitamos con nosotros mismos a ver cuántos letreros leemos al ir en coche. Los nombres de los negocios no escapan al escrutinio visual y las palabras van pasando por nuestra cabeza como la lista escolar; cada letra es una invitación a leer, a hacerlo compulsivamente, para que, para que ninguna termine escapándose.

4. En nuestro fuero interno. Como el acto en solitario que es en realidad, aprendemos a leer cuando nos llega esa especie de iluminación que llamamos gusto, puede sorprendernos en cualquier lugar y con cualquier texto sin importar que el apellido del autor sea muy conocido o se trate de un aprendiz, el lugar en común es que esa lectura nos atrape, casi como si le diéramos una mordida a un pan caliente en una mañana nublada y fría. Nos daremos cuenta en nuestro tiempo y a nuestra manera, porque todos aprendemos distinto aunque el acto de leer sea el mismo; por otro lado, sabremos que ya nada será igual en nuestras vidas, porque se vuelve una necesidad el poder ver el mundo a través de otros ojos y confiar en que nuestras apreciaciones serán, por lo general, certeras. Salud.

Beto

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