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Dentro de lo que cabe, un salón virtual debe ser un espacio donde fluyan las ideas, una cava del conocimiento o en su defecto, una alacena de información gourmet.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Un mundo aparte

En el fondo, me gustaba tener
un público cautivo. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Receptáculo de inquietudes. Cada primer día de clases tiene su encanto propio pues, al parecer, los inicios de grado parecen tener algo misterioso y si ustedes como yo cambiaron de salón ya fuera por traslado de domicilio o por política de la institución en la que estudiaron, sabrán a lo que me refiero, en una vida académica normal deberíamos tener únicamente cuatro cambios de escuela y el mismo número de aulas o, mejor dicho, de grupos, quien lo haya pasado así, mi más sincera envidia. Tampoco voy a quejarme pues en mis cuatro salones de primaria, tres de secundaria, tres de preparatoria y dos de universidad, lo que mejor aprendí es a ser sobreviviente; el interactuar con tantas personas también hizo que me cuestionara mi sentido de pertenencia, pero eso es otro asunto.

2. Laboratorio mental. En su más puro estado, un aula es un espacio que funciona con base en el ensayo y error, lo que significa que no deberíamos temer, bajo ninguna circunstancia, el no atinar en la primera oportunidad ante los cuestionamientos de los maestros o de los compañeros, mucho menos si somos nosotros los docentes; la idea es que seamos capaces de aceptar que no somos ni tenemos la obligación de ser infalibles, por el contrario, es fallando como nos damos cuenta del potencial que tenemos. La ventaja sustancial de errar en el aula es que los fallos no son fatales y la mayoría son virtuales, lo que nos permite corregir el rumbo de una conversación por indicación de argumentos contrarios o por darnos cuenta de la debilidad de los propios.

3. El trampolín a lo laboral. El supuesto sigue siendo que el estudiar dentro del sistema educativo nacional va a asegurar un buen empleo, pero los empleos no se dan únicamente por capacidad, sino por las personas que se conocen, como ha sido todo el tiempo; saber moverse dentro de los grupos de trabajo implica, además de servir a otros, hacer mancuernas eficientes que ayuden también al propio desarrollo profesional, convenientes pero no convenencieros. Debería ser significativo el que yo precisamente esté aconsejando fomentar relaciones sociales cuando nunca las hice, por creerme el cuento de que mi trabajo hablaría por mí para conseguir cualquier empleo, por lo que me tomaré la libertad de agradecer a todos aquellos que me dieron la oportunidad de trabajar en sus proyectos.

4. Nostalgia académica. Cavilando sobre ni experiencia docente, llegué a un punto donde cuestioné sobre mi gusto por dar clases, vocación como tal no era, pero entonces ¿qué me animaba a levantarme temprano, caminar, conducir o pedalear hasta las escuelas donde laboré? Repasé lo que sentía al pararme frente a grupo y establecer las condiciones de convivencia, los derechos a los que eran acreedores  mis alumnos y las obligaciones que tendríamos todos; las ocasiones en que lograba que se interesaran en el tema en cuestión y las contadas en las que percibí que el rostro se les iluminaba al entender un concepto. Mi conclusión fue que me gustaba mezclar una parte de mi profesión con mis ansias de actor, por lo que más que profesor, era un histrión-comunicólogo. Salud.

Beto

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