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| Un claro ejemplo de que lo que importa es el interior. Foto: BAER |
1. No son sólo tiendas. Una estantería con cualquier tipo de productos siempre resulta atractiva a la vista, formas y colores se conjugan para ofrecernos un espectáculo que enciende nuestros deseos de apoderarnos aunque sea, de una mínima parte de ellos; los libros, al ser también productos, atacan nuestros sentidos con texturas y olores que los hacen apetecibles, pero una librería no sólo vende legajos encuadernados en pastas de lujo o económicas, brinda la oportunidad de vivir experiencias extraordinarias sin movernos del lugar que hayamos escogido para leer, al mismo tiempo que traza puentes con nuestro entendimiento de las múltiples realidades que almacena a veces de forma efímera y otras tantas, permite que haya obras que se vuelven parte del mobiliario.
2. Convivencia tácita. Es posible que una librería sea el único lugar donde los clientes lleven el mismo ánimo de consumo, lo hagan en silencio y tratando de no molestar a los demás; parecerá extraño, pero al pasar de un estante al otro, la sensación es de acompañamiento a pesar de no cruzar palabra con los otros compradores salvo si hay la coincidencia de desear la misma obra o que vayamos acompañados por otra persona, aun así, la compra de un libro es tan íntima y personal como la lectura misma. Lo único que podría fastidiar el ritual es el llevar prisa; no es ni recomendable ni deseable estar en un recinto que requiere de una atención casi total, llevando a cuestas un pendiente, por así decirlo, ir a comprar un libro es una cita amorosa.
3. Servicios adicionales. Algunas de ellas entendieron el sentido de la competencia en cuanto a servicio, pues aunque es muy satisfactorio salir con nuestra compra en la mano, nunca está de más un plus que nos llene los demás sentidos, por ejemplo, separadores, libretas, plumas, papeles especiales y, por supuesto, ¡café! Aunque no soy muy adepto a los términos compuestos, creo que el concepto de «cafebrería» ofrece una perspectiva de convivencia mayor, ejemplo muy claro de un intento semejante lo tenemos en la librería Emma Godoy del Fondo de Cultura Económica ubicada en el CREA dentro del área «Fresopolítana», lugar sumamente atractivo tanto para comprar, leer y tomar un buen café o, si lo prefieren, un preparado especial y que conste que habla mi experiencia.
4. Un oasis literario. Si se puede hablar de librerías preferidas, debo decir que en mis gustos caben muchas, por ejemplo, El Péndulo, Gandhi, Librerías de Cristal, El Sótano y... por desgracias unas ya no existen; de la que mejores recuerdos guardo es de la que estaba en la calle de Juárez, a unas cuadras de la peluquería Regia, ambos negocios dejaron un hueco muy grande en esa cuadra. Por lo que respecta a la librería lo que la hacía interesante era el contraste entre su gran surtido y el tamaño del local, aunado a la sapiencia del dueño; llegué a adquirir libros que no encontré en ningún otro lado, ni aquí ni en León, pero aunque de manera tardía, lo que la hizo de verdad entrañable fue enterarme que el dueño era cuñado de un buen amigo de la preparatoria, cosa que ignoraba hasta hace algún tiempo. Desde su desaparición, no he sabido de él. Salud.
Beto

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