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| Ya sea temporal o permanente, cada situación tiene un valor propio. Foto: BAER |
Hay que recordar que el concepto de inclusión en los setenta era prácticamente inexistente y que la lástima explícita era poco menos que insultante, tanto como la compasión hacia los enanos; aun con los argumentos actuales, dudo que el convencimiento de que el trato como iguales hacia ellos les traiga la aceptación que realmente esperan, no porque no se las demos, sino porque ésta es eventual como el estar al cuidado de los sobrinos, lo hacemos con mucho gusto pero sabemos que es sólo por un rato. El romantizar la situación tampoco ayuda y no me refiero a los familiares, sino a quienes vemos su condición desde afuera porque ellos, como sea, son conscientes de lo que enfrentan y no ven en ella una fecha de caducidad; las diferencias en las relaciones son evidentes, pero no en la intensidad de los encuentros.
Tratar con un niño especial dentro de un aula y procurar enseñarle, es una cosa, pero el tener bajo tu cargo a un salón completo sale de toda proporción para quien no está capacitado ni preparado para tal labor; hay teorías que ayudan por supuesto, sin embargo, la práctica no siempre se da bajo las mismas circunstancias ni con los «normales» ni con los «especiales» pasando muchas veces por el tamiz de lo inesperado; ni siquiera puede pensarse en hacerlo cotidiano porque las sorpresas no faltan. Sin ser sólo cuestión de personalidad o de cuadros clínicos, la combinación es lo que representa el verdadero reto porque cada caso es diferente de los otros, es decir, alguien con parálisis cerebral no va a reaccionar de la misma manera que otro con el mismo diagnóstico pues además de sus generales, influya su propia aceptación situacional.
Es plausible el hecho de que muchas personas hayan superado su curiosidad o el morbo que les genera el ver a alguien disminuido, también lo es el que algunos que sufrieron un percance hayan superado la etapa defensiva y se hayan abierto a ser abordados para despejar todas las dudas que pudieran surgir respecto de ellos; otro aspecto a cuidar y que se ha procurado desde hace tiempo, es que en ningún momento y por ningún motivo se les debe exponer como atracciones circenses, tampoco como a cualquiera de nosotros, hacerles creer que pueden hacer cualquier cosa como se esperaría de los «normales». En cuanto a lo que sea, sí, pero no en la misma categoría, porque lo que vale es lo que hagan, no si pueden ser igual o más productivos que el resto del planeta, lo que sí los colocaría en una minusvalía. Salud.
Beto

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