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| Tan importante es, que se le atribuye también a los animales. Foto: BAER |
Hay relaciones en las que los participantes suelen prescindir de las palabras pues hay aspectos de su vida en común que dominan, por lo que basta un gesto o una señal para que les quede claro qué quieren el uno del otro; las hay que establecen esas señales por acuerdo, como en los equipos deportivos o de trabajo donde los sonidos interfieren para hablar o el silencio debe ser absoluto por necesidad. Algunas veces, la casualidad suele dotarnos de señales que compartimos con gente inesperada, que no necesariamente son las que indican peligro, sino que surgen de lo más profundo del cúmulo de conocimientos además de la información que heredamos por nuestros genes; las micro señales involuntarias han sido motivo de estudio ya que son el resultado de nuestro desarrollo como especie.
Éstas se presentan en todo momento, emitamos sonidos o no, pues se previene con ellas cualquier situación que vayamos a enfrentar ya sea en una conferencia o en una simple plática con conocidos, podría decirse que los gestos -en una persona normal- anteceden a las palabras, razón por la que en algunas culturas cuya vocación comercial es la preponderante, miran a los ojos a sus clientes al momento de hacer sus transacciones; desde luego, la mirada no se enfoca exclusivamente en los ojos, sino que han desarrollado su visión periférica para poder captar las señales emitidas por todo el cuerpo, quizá sea la razón por la que en el medio oriente prefieran regatear en sus ventas. Pareciera que en nuestra cultura hispana, el regateo es considerado como una forma de aprovecharse del otro, cuando en otras latitudes sirve esencialmente para saber el nivel de deseo que se tiene.
Para entender lo anterior, imaginémonos en algún pueblo árabe tratando de adquirir una vasija sin que el idioma fiera problema, nuestro vendedor estaría atento a nuestras reacciones para poder poner un precio y esperar la contra oferta; esto es importante porque la valoración que dé a su producto se comparará con la que demos para adquirirlo, lo cual significaría no otra cosa que el interés que pongamos para cuidarlo; si lo que ofrecemos es muy poco, significará que no nos interesa tenerlo realmente, por lo cual no valdría la pena seguir ofreciéndolo, si por el contrario la cantidad fuera elevada, significaría que no tenemos idea de lo que estaríamos adquiriendo y, por lo tanto, tampoco valoraríamos lo suficiente el producto y en todo ese juego, el brillo de la mirada, el fruncir el ceño, abrir o cerrar los ojos o torcer la boca, reforzarían los argumentos de adquisición contra la sonrisa vendedora. Salud.
Beto

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