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| A veces es necesario volver a ser niños. Foto: BAER |
En este sentido, pareciera imposible que siendo nuestro, no sepamos qué hacer con el tiempo, pero para salir de dudas y poder tener una referencia para mí, en diferentes momentos hice el sencillo experimento de dar algunos minutos de mi clase para que los alumnos hicieran lo que mejor les pareciera bajo cierto ambiente, para no molestar a los otros salones, invariablemente el resultado fue el mismo, salvo unos tímidos intentos de dejar los útiles en la mochila y revisar los celulares (que entonces no eran tan sofisticados pero sí muy caros) a la mayoría nada se les ocurrió, sólo se quedaron allí, viendo hacia el frente o contestando algunas preguntas con monosílabos. Es posible que la trampa haya surtido efecto por las reglas de no hacer escándalo y que fuera algo divertido, lo que los obligó a perder el tiempo pensando en algo que los entretuviera en silencio; las conclusiones, por su simpleza, pueden ser muy esclarecedoras.
En primer lugar, creo que nos hemos acostumbrado y limitado a lo que ya está hecho por otros, sólo para experimentar una emoción como si todo el tiempo estuviéramos trepados en un carro de una montaña rusa, es decir, vemos una película de acción, suspenso, romance o comicidad para embotar nuestros sentidos mediante el susto o la risa y pocas veces lo hacemos para aprender algo, lo cual no significa que esas producciones no tengan buen contenido (algunas no), sino que difícilmente lo buscamos, por supuesto, la mayor parte de la oferta en ese y otros formatos es insulsa y nada de provecho tiene, así que consumiremos lo que haya y como venga... a menos que tratáramos de encontrarle la utilidad aunque fuera para criticarla y aprender qué es lo que no debemos aceptar a la hora de buscar contenidos en los medios de información.
Es posible que hayamos perdido algo del sentido de lo que es el tiempo libre dado que la libertad se parece cada vez más a la inactividad, a pesar de que sabemos que nos atrofia; una caminata podría abrirnos la imaginación si le damos un propósito que no sea el trabajo, las compras o un lugar en particular puesto que, acostumbrados a evaluar sólo los finales y sus resultados, perdemos de vista el proceso o, como diría mi abuelo «no te preocupes, hazlo como sea, pero que quede bien». Salir sin un propósito definido podría ayudarnos a enfocar lo que realmente importante y eso sea quizá poner en orden lo que tenemos pendiente, incluida la diversión o en el mejor de los casos, encontrarle lo divertido a nuestras obligaciones. Administrar el tiempo libre debería ser como la religión, que es un asunto personal para el bienestar propio. Salud.
Beto

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