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| Ni «Cascarita» podría con el trabajo en condiciones precarias. Foto: BAER |
Aunque hay un aspecto que, como docentes, pocas veces contemplamos que nuestro desarrollo depende enteramente de dos factores; uno, la curiosidad (si la rutina no la ha arruinado) y dos, el reto que representen nuestros alumnos, el porcentaje de cada uno depende a su vez de las circunstancias que cada uno tengamos. Si nuestra curiosidad es poca y tenemos alumnos genios, podría aumentar ésta o impondríamos nuestra autoridad para que no molestaran; si nuestra curiosidad es mucha y tenemos alumnos promedio o bajos, pensaríamos en que es un reto para al menos guiarlos al grado inmediato superior o nos confirmamos con lo que tienen porque al fin y al cabo, nadamos en la mediocridad; si nuestra curiosidad es poca y tenemos alumnos promedio o bajos, sólo estaremos contribuyendo a la debacle nacional como, presumiblemente, lo hacen la mayor parte de las escuelas del sistema estatal.
Pero en los micro universos que se forman al interior de cada aula, suelen surgir destellos de sabiduría que es imposible detenerlos y no darles cauce hacia los diversos destinos que suelen ser la curiosidad y el entusiasmo de los alumnos; cuando se da esa casualidad, nos reconciliamos con el universo y el magisterio retoma el significado original que nos llevó hasta él. Una cara encendida por el entendimiento de nuestras palabras vale todo el esfuerzo de semanas por preparar láminas, lecturas, actividades y tareas que en el momento de su aplicación parecían accesorias e infructuosas, lo cual nos anima a volver a buscar técnicas que tengan el mismo impacto en esas inquietas cabezas que al menos confían en que pasarán un buen rato con nuestras dinámicas. Espero que en este sentido no piensen que estoy bajando su trabajo al nivel de entretenedores, lejos estoy de ello.
Lo que sí creo es que la enseñanza debe ser divertida no para el alumno, sino para el maestro, lo que debe divertir a los niños o adolescentes es el aprendizaje; a lo que voy es que el amor por el trabajo (cualquiera) se basa en que no debe ser un sacrificio que, como todo en esta vida tiene sus ratos malos, pero no debe convertirse en un camino aciago lleno de zarzas para que los demás puedan apreciar nuestro sacrificio y que un día nuestros nombres sean escritos con letras de oro en... ¡Exacto! En ningún lugar público. Es triste, lo sé, pero de qué privilegios creemos que debemos gozar para que nos suceda algo así por encima de un barrendero, un panadero o una enfermera. ¿Soy rudo? Es sólo un pequeño baño de humildad para no olvidar que nuestras técnicas de enseñanza deben aderezarse con ella, que lo gracioso y ameno vendrán después. Salud.
Beto

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