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| Se verían tiernos, pero poco funcionales. Foto: BAER |
La disciplina se adquiere como cuando aprendemos a andar en bicicleta, trepándonos en ella. Es uno de esos valores que en mi pirámide, ocupan un lugar en el apartado de «individuales», ya que no depende de otros el que cada uno lo sea; sí, nos pueden mostrar la manera de serlo, pero su ejercicio depende exclusivamente de nosotros. Ahora bien, ¿hay una edad especial para aprenderlo? Podríamos decir que no por dos razones, se nos está mostrando cómo ser disciplinados casi desde el momento en que nacemos y el darnos cuenta depende de la atención que pongamos y que cada actividad en la que participamos exige cierta forma de manifestar la disciplina ya que cada una establece sus propios grados de acción y concentración, es decir, la disciplina no se manifiesta de una única manera, ni siquiera en el mismo tipo de actividades, por ejemplo en el tenis. Hay ganadores de puro talento y ganadores de puras repeticiones.
A la disciplina la hemos entendido desde una sola perspectiva, un enfoque total n un único objeto para tener un único resultado y que éste sea invariablemente bueno; para los que somos dispersos, este tipo no resulta funcional puesto que la atención viaja de la mano de la curiosidad y ésta se detiene a observar cualquier cosa, a veces con tal fruición, que los tiempos invertidos pueden ser algo prolongados, lo que seguramente saca de sus casillas a los seguidores de la ortodoxia. Debe ser porque es más fácil tener a un infante o a un adolescente callados sin moverse, que tener que andar tras de ellos atendiendo a lo que les interesa, por lo tanto, un salón que aunque trabajando se manifieste en voz alta, moviéndose de un lado a otro fuera de las bancas es algo totalmente inadmisible para un sistema que pregona cambios, pero que nunca los implementa.
En los salones hay niños, no soldaditos que respondan al instante a las órdenes que les damos, eso porque se supone que no tenemos instituido el sistema militar en las escuelas, al menos no en la inmensa mayoría, entonces, ¿por qué pretendemos un comportamiento marcial en los salones? Estar quieto con la mirada al frente no garantiza el tener la atención ni que las tareas sean concluidas, créanme, lo sé. Tampoco el que estemos en movimiento quiere decir que estemos distraídos, los kinésicos aprendemos mejor trasladándonos de un lado a otro, como los jugadores en una cancha. El ejemplo más claro que tengo en mi caso, es cuando actuando para el grupo teatral «La cuarta del sol» entré al escenario sin mis clásicos nervios (como en clases); mi mente estaba en blanco, pero en el momento en que di el primer paso, regresaron y con ellos, mis líneas. Salud.
Beto

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