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| Los detalles marcan, cierto, pero algunos son de por vida. Foto: BAER |
En ese entonces ambos terrenos estaban divididos tan sólo por una malla ciclónica, así que se podía observar desde los dos lados hacia el otro, incluso colarse por alguno de los huecos «fabricados» por el desgaste o por el vandalismo de algún inadaptado, el caso es que desde el salón, ese año también podía observarse el paso de los corredores consuetudinarios y los de ocasión; en una hora la vista cambiaba parsimoniosamente, los madrugadores empedernidos daban paso a los que tenían que atender otros asuntos antes que su salud lo cual no significaba que la abandonarían por completo. Las vueltas que de rigor daban, marcaban al parecer el ritmo de las clases, la tercera de ellas comenzaba justo cuando cambiaban los corredores y concluía a la décima vuelta de aquel que portaba algo que parecía el uniforme de la selección Guanajuato que coincidía con la llegada de un atleta paralímpico.
De pronto, a eso de las diez y cuarto, el ritmo de clase cambiaba nuevamente, tanto centro del aula como fuera de ella, la maestra de historia se disponía a recitar con su monótona voz, un episodio más de los melodramas del pasado, lo que permitía una fácil evasión hacia otros confines no considerados por el programa escolar y si consideramos que a esa hora hacía su aparición la etérea figura de una castaña enfundada en unos pants verdes claro quien más que correr, flotaba sobre la pista, mis intermitentes «ausencias» tendrán la benevolencia de su comprensión. Parecía una figura sacada de una novela de suspenso pues, como en ese tiempo las lluvias eran puntuales, una bruma tardía cubría esa parte del parque, dando a la muchacha un ambiente como de escapatoria hacia un lugar remoto pero tranquilo, un lugar al que me habría gustado acompañarla si no hubiera sido por mi virtual encarcelamiento.
El tiempo que invertía en cada vuelta era exactamente de tres minutos con veinte segundos, así que alcanzaba a verla pasar siete veces; se mantenía en la mira por nueve segundos antes de volver a desaparecer en la curva; cada pausa era un respiro de una perorata que, según el programa propedéutico, intentaba como dije ser un repaso de tres semanas a los cursos de tres años y si en la secundaria esa información resultó infructuosa, en el previo de la preparatoria lo fue más. Pero esos quince días hábiles valieron la pena por esa casi mítica aparición a la que nunca le vi el rostro, por lo que si acaso me la crucé en la calle, no la reconocí, aunque no creo que hubiera más puntos de encuentro en común que esa ventana que daba al pequeño tramo de pista del Centro de Convivencia. Ahora que se llama Irekua y que he caminado esa pista, me hace gracia que lo más entrañable de ese tiempo sea una corredora. Salud.
Beto

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