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miércoles, 30 de octubre de 2024

El arraigo

Existen además los difusores de eso que nos hace
sentir orgullosos del lugar donde vivimos. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Hay cosas que aunque las aprendamos de otros, debemos acoplarlas a nuestras dinámicas para sentirlas como la parte importante que conformará nuestra estadía en este mundo; aprendemos a querer el lugar en el que vivimos, el trabajo que realizamos, a las personas con las que compartimos y todas las cosas que van adquiriendo significado conforme avanzamos en este mundo. Pero también aprendemos a odiar, generalmente aquello que es distinto, incomprensible o desconocido, viéndome Lucasiano o Spilbergriano, sería el lado oscuro del conocimiento. El arraigo se conforma de ambas cosas, tanto de lo bueno como de lo malo, sin embargo, cada uno decidirá qué tanto le pondrá de cada parte al suyo; así como el porcentaje, los elementos de apoyo también son responsabilidad del usuario, los cuales podrían ser del orden de la gastronomía, la industria, los deportes, la naturaleza y todo aquello susceptible de convertirse en símbolo.

Los modelos a seguir pueden surgir de donde sea y por lo general, son personajes que han encontrado un rasgo en su carácter que los hace accesibles y un espacio acorde a sus prácticas, como la banca del hombre de las palomas (¿en San Miguel, San Luis o Aguascalientes?), la vidriería de Antonio «la Tota» Carbajal en León o la tienda deportiva de Jaime «el Flaco» Belmonte en Irapuato, éstas dos partieron con sus dueños pero quedaron en la memoria de cada uno de los pueblos. Cada cierto tiempo aparecen iconos que nos permiten acentuar la pertenencia al lugar en el que vivimos, algunos trascenderán fronteras y serán copiados como los meseros sirviendo lecheros en La Parroquia de Veracruz y otros serán más locales, como los vendedores de cajeta en Celaya o los freseros locales, conocidos en el exterior pero localizados únicamente en estas tierras, aunque haya fresas en Zamora y dulce de leche en Jalisco.

Los símbolos son cosa aparte por eso, su carga afectiva y significación suelen llenar los cuestionamientos más profundos que pudiera tener cualquier población puesto que toca las fibras sensibles de aquellos que encuentran importante en arraigo a un territorio; algunos pintores logran escalar hasta ese nivel de significado, como los muralistas Tamayo, Orozco, Alfaro, González y Rivera o el irapuatense Salvador Almaraz López quien nos dejó cinco de sus obras en el centro histórico; él, considerado el último eslabón del muralismo mexicano, puede ser admirado a través de su obra de manera gratuita, lo que lo acerca realmente al pueblo. De los más significativos cantamos sus canciones, recitamos sus versos o portamos sus imágenes en las playeras, el paso siguiente es vincular esos productos a los lugares a los que pertenecieron a menos que se vuelvan universales como ha estado sucediendo con la efigie de Ramón Valdez.

Seguramente todos tenemos en la ciudad un rincón, paraje, edificio o camino que es nuestro favorito para lo que pudiera ofrecerse, no importa la hora o la circunstancia; a veces un local se vuelve entrañable por haberlo compartido con una persona especial o porque se presta para la lectura de un buen libro o quizá desde ese lugar podíamos ver a esa persona que llamaba nuestra atención, pero que nunca encontramos la oportunidad de hablarle. Nos llegamos a aficionar incluso, por comprar alguna golosina que no hacen igual en ningún otro lado y de lo cual, junto con todo eso que hace fácil nuestra identificación, nos hace sentir orgullo y ganas de seguir viviendo en ese lugar. No somos parte de la tierra por decreto, sino por convicción, por la adopción de las ideas que le dan coherencia al ritmo y la manera de hacer las cosas que suelen revestirnos de normalidad. Salud.

Beto

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