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| La experiencia áulica nos transforma sin remedio en lo que queremos ser. Foto: BAER |
El esquema cartesiano puede darnos, de un golpe de vista, una buena cantidad de información útil para cualquier situación real o hipotética; un salón de clases puede dividirse fácilmente en cuadrantes pues cada pared se convierte, a veces de manera involuntaria en un universo con sus propias características, con sus propios tiempos y con sus propios protagonistas. Creo que es en el método de Montessori donde se aplica esta distribución; los alumnos van decidiendo con qué trabajar regidos solamente por el tiempo predeterminado para cada tarea, es decir, no importa el orden que decidan seguir, pero cada cuadrante tendrá un tiempo límite de estadía para garantizar el trabajo de todo el circuito. El trabajo del docente así, se torna más dinámico, menos tedioso y demandante de su estado de ánimo, lo que a la larga le hará rendir más y mejor, pues sólo asesorará el conocimiento en lugar de «enseñarlo» a ignorantes.
Por supuesto que en teoría se oye muy bien, sin embargo, habría que tomar en cuenta que las fallas en la instrucción académica empiezan en la educación pues, por muy preparadas que estén las nuevas generaciones de maestros, si la materia prima con la que deben trabajar es deficiente, los resultados nunca serán óptimos y de ninguna manera infiero que la inclusión sea mala idea, lo que está mal es su implementación sin un prerrequisito de admisión. ¿Qué significa esto? Que el trabajo de sacar adelante a los estudiantes no es sólo del profesorado, la parte más importante se cultiva en casa y en el caso de los niños con capacidades distintas, la preparación para lo que van a enfrentar es deficiente y de una inconciencia brutal al juntar a dos seres que no tienen idea de aquello que van a encontrarse; si eso sucede con los niños que suponemos «normales», imaginen el impacto al tener que atender (sin preparación) a un minusválido.
La palabra anterior no significa que el individuo en cuestión tenga menor valía, sino que su capacidad de valerse por sí mismo es menor; dicho lo cual, pensemos desde nuestra propia experiencia, ¿cómo nos hubiera gustado que fuera nuestro salón de clase, tanto como estudiantes como docentes, si lo fuimos? Sé que para los de nuestra generación y anteriores será difícil tratar de imaginarlo pues en el país no estaban tan difundidas las alternativas a las aulas tradicionales, sólo hubo un incipiente cambio en los contenidos que se materializó en 1973 con una de las muchas reformas educativas que han ocurrido desde entonces. Los resultados no han sido del todo halagüeños, posiblemente se deba más al ambiente hacia el interior del aula que a la simplificación de los libros pues tanto la distribución del espacio como la linealidad de la relación maestro-alumno no se han transformado en mucho tiempo. Salud.
Beto

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