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miércoles, 2 de octubre de 2024

Paso al mito

No se olvida, pero casi. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El número de versiones sobre lo sucedido no corresponde al grado de indignación que produjo, podrían ser muchas para algunos, pocas e insuficientes para otros, pero la mayoría se queda al borde de la denuncia quizá porque cuando empezaron a surgir, varios de los actores ya habían sido absorbidos por el sistema y, como dicen en mi pueblo, «entre bueyes no hay cornadas». Las mitologías modernas se nutren de la ignorancia de un pueblo adormecido por el hartazgo que le produce el pobre esclarecimiento de su situación; culpables van y vienen y sus supuestas fechorías viajan alegremente bajo el cobijo de la impunidad guiadas por la narrativa impuesta desde las cúpulas. Ya todos tenemos por sabido que lo denunciado una vez, por muchas pruebas que se presenten, no llegará a ningún tribunal ni mucho menos encontrará castigo, a menos que se trate de un «culpable» de a pie o de un chivo expiatorio.

Entre más nos alejamos del ‘68, más increíbles se tornan las historias al rededor de tan atroz evento y, como es de esperarse en una educación que simula estar bien, en los libros de texto no se señalan a los culpables de las matanzas, las persecuciones ni los fraudes, así ha sido desde aquel Tlatelolco hasta Ayotzinapa. Aunque volviéramos a leer los libros de Poniatowska o de Taibo II, esas palabras nos parecerán distantes, como si lo acontecido hubiera pasado en otras latitudes, tal y como sucede con la madrugada del 16 de septiembre de 1810, la decena trágica de 1913 o la primera guerra mundial (todo lo pongo en minúsculas porque no creo que se trate de logros) o al menos no son tan cercanamente lamentables como los sismos de 1985 y 2022; el tipo de solidaridad que mostramos en unos y otros eventos de ninguna manera se comparan porque la ingerencia en aquellos no nos compete.

Las narraciones sobre lo sucedido aquella tarde de octubre han ido diluyéndose en una maraña de valoraciones que quedan en la indignación de generaciones que no lo vieron, pero que esas mismas versiones no alcanzan a señalar, si los hubo, a aquellos que abandonaron el movimiento por lógicas razones que los muertos y desaparecidos no alcanzaron a exponer; a cincuenta y seis años de distancia las memorias empiezan a confundirse y las palabras que se pronunciaron entonces, toman un cierto cariz de anécdota pues aunque no se olviden, los encargados de recordarlas ya han pasado a formar parte de los legajos de la historia, por lo tanto, a sentirse lejanos y motivo de unos cuantos minutos en la televisión estatal, pero cómo esperar que el canal del Politécnico o tv UNAM se dieran un balazo en el pie denunciando a las autoridades del aparato que otorga los recursos para que funcionen.

Los movimientos sociales están por tocar fondo en un México cada vez menos confiado en las «buenas intenciones» de los auto proclamados dirigentes populares, lo siguiente -si bien nos va- sería ir para arriba, una vez que nos demos cuenta que la soberanía es un patrimonio de los pueblos, no de sus aparatos gubernamentales, así como aquellos estudiantes que se atrevieron a pensar que su peso moral era suficiente para mover las entrañas de un gobierno caracterizado por la intransigencia y la dogmatización del pensamiento institucional, parcializado por intereses fuera de contexto. El ‘68 así como el ‘71 van desapareciendo en el recuerdo de unos cuanto sobrevivientes, en las lecturas de contemporáneos que no lo entendimos desde la infancia y en las lecturas de las generaciones posteriores que, si lo saben, será sólo de oídas; la historia se encargará de borrar el resto. Salud.

Beto

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