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| No creo que Francisco haya tenido idea de todo su efecto. Foto: BAER |
«El ratón vaquero» encendía mi parte justiciera y muy dentro de mí, una vocecilla me instaba a tratar de liberarlo de la ratonera en la que había caído, aunque me preocupaba el hecho de que hablara en inglés ya que por esos días, yo no tenía noción alguna del idioma, así que en el remoto caso de que estuviera en mis manos el sacar al roedor de su cautiverio, tendría que haberme hecho entender a señas. ¿Cuántas señas podría saber un ratón? Luego dicen que esos lenguajes entre México y los Estados Unidos son diferentes, así no se puede. Lo bueno es que unas buenas dosis de realidad me sacaron de la zona de hiper fantasía para dejarme sólo con el disfrute de la música, tanto lo extrañé una vez que salí de la universidad y me compré un álbum de dos discos compactos con cien canciones del gran cantautor que, para ese año, había dejado de ser el emblema de la niñez para convertirse en leyenda.
Ya mencioné que acompañaban esas notas mis desayunos en unas mañanas que entonces abarcaban dos cuadras a la redonda, pues mi mundo no se extendía más allá de la escuela que estaba cruzando la calle y la casa de mi amigo David, a la cual fui tan sólo una vez para festejar su cumpleaños número siete; por esos días no entendía porqué todos eran mayores que yo hasta que, en la secundaria ya instalado como fresero, supe que lo normal era entrar a la primaria a los seis años y yo había entrado a los cinco, quizá por ello seguía entusiasmándome con el grillo cantor. Esas canciones seguían detonando mi imaginación por el hecho de haber descubierto la película protagonizada por don Ignacio López Tarso que al principio, debo confesar, me sacó de onda porque no entendía el hecho de que él se hiciera llamar Francisco Gabilondo, ya que yo sabía muy bien cómo lucía el cantautor.
Peor aún, cuando ya iba aceptando que don Ignacio fuera Cri-Crí, me sale al final con la puntada de presentar a Gabilondo Soler para que tocara al piano su tema de presentación, ¿en qué quedamos pues? Tuvo que venir mi tía Chayito a explicarme que el actor estaba interpretando un papel porque, si me había fijado bien en la historia, era imposible que pasaran al verdadero músico cuando era niño, así era entonces para la juventud temprana del autor. Entonces pregunté, ¿qué no podían haber encontrado a alguien más parecido? Sin menospreciar la actuación de López Tarso, la verdad es que distaba mucho de parecerse. Fuera de esas objeciones infantiles, la verdad es que le debo mucho al grillo y me alegra haber podido apreciar esos «cuentos» musicalizados que incluso en la universidad, me permitieron obtener un diez en mi clase de apreciación musical. Toma ésa Malú Micher. Salud.
Beto

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