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miércoles, 28 de agosto de 2024

Desmitificación

La caída de un ídolo puede ser dolorosa,
pero benéfica. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- A lo largo de nuestra vida independiente (al menos así queremos verla) hemos inventado arquetipos casi de proporciones bíblicas o comparables a los seres mitológicos griegos; imagino que los ideólogos de la Revolución supusieron que con ellos aceptaríamos a las figuras de los héroes como modelos a seguir, sin embargo, los sometemos a tal acartonamiento que terminamos por no entender los motivos por los cuales llevaron a cabo sus campañas, ya sean los más sublimes o los más perversos, ello con el fin de hacernos un panorama más adecuado a las ideas que nos forjamos de lo que debe ser un mexicano. Es cierto, no hay un instructivo en las constituciones de 1824, 1857 y 1910 que nos indique las características que deben reunir los ciudadanos y aunque lo tuvieran, somos tan caóticos que hablaríamos de «estilos» sin tener uno en realidad, además, al ser un mosaico cultural, resulta de verdad difícil que respondamos a una sola imagen.

Y sin hablar necesariamente de los héroes nacionales, los aborígenes de estas latitudes luchamos a diario por convencernos de que compartimos rasgos y no estamos muy alejados de la realidad; gracias al mestizaje, mucho del ADN de los pueblos prehispánicos y los traídos de la península ibérica, se extendieron a lo largo del territorio y las modificaciones en las expresiones culturales se debieron en su mayoría, a la adaptación al entorno según la perspectiva de los grupos dominantes. Las mezclas nos dotaron de una riqueza increíble en la que descubrimos más coincidencias que diferencias entre regiones, logrando una continuidad en cada uno de los estilos de ver la vida; ni siquiera las diferencias en los colores de la piel, las estaturas ni las complexiones, nos alejan de tal manera que no podamos reconocernos en cualquier lugar en el que nos encontremos por la razón que sea.

Si comparáramos la veneración de personajes históricos con las relaciones sexuales, la mayor parte de las biografías que tenemos que leer parecen más un coitus interruptus que una relación duradera; hay tantos huecos en sus historias, que sus intenciones quedan cubiertas en las sombras de un pasado que preferimos sublimar a entender. Lo peor del caso, es que les adjudicamos cualidades que suponemos que nunca, nadie podrá replicar en su persona, dando además una nula credibilidad a quien lo intente, porque ¿cómo se va a confiar en alguien que, como nosotros, creció en un ambiente lleno de corruptelas? ¿Quién en su sano juicio, va a andar por la vida averiguando sobre la honorabilidad de la gente? Y no es que quiera meter ideas, pero algo así deberíamos hacer, de una manera discreta y proactiva, tratando de no vernos invasivos pero sí con el suficiente interés de conocernos y ofrecer la mejor versión de nosotros mismos.

Si bien es cierto que lo hecho por los próceres es digno de mención, también lo es todo eso que hemos realizado para bien o para mal con su legado; imagino que los conspiradores de Querétaro, los reformistas y los constitucionalistas tendrían la ilusión de ver sus revoluciones consolidarse y ellos mismos disfrutarlas, a menos que, invadidos por el romanticismo, el liberalismo y la lucha de clases de cada época pensaran que el sacrificio sería su mejor pago, lo cual es bastante cuestionable. Podríamos tener un pequeño consuelo pensando en que la parcialidad con la que se ha escrito la historia en los libros de texto, se realizó con la mejor de las intenciones, aunque al parecer, eso ha servido de muy poco; el perfil del mexicano contempla una gran dosis de pensamiento mágico surrealista lo que lo hace vulnerable a todo aquello que suponga una afirmación de sí mismo además de la aceptación de lo que parezca superior o algo así. Salud.

Beto

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