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miércoles, 31 de julio de 2024

Salí y... ¿qué soy?

Antes de ejercer la profesión, parece que
debemos tener una alternativa. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Lo nombrado es lo que eres; cuando nos dieron el nombre asumimos la identidad que supusimos nos proveía y que, por fortuna, seríamos los únicos en nuestra familia porque al salir a la calle, puede que estuviera llena de tocayos; la verdad es que cuando se refieren a nosotros, el nombre suena distinto, con sutiles cambios que vamos identificando con el tiempo, según el grupo de personas con las cuales estemos conviviendo. Algo semejante sucede con los títulos profesionales, somos bastantes pero cada uno lo porta (o no) como mejor le parece y los tonos para referirnos a nosotros suelen esconderse bajo un manto de negociación; un «licenciado» no suele ser igual en un corporativo industrial que en un juzgado federal, la ceremonia y las cercanías no se manifiestan de la misma manera.

Lo cierto es que identificarnos un nombre o un título es cuestión de tiempo, en el primero sólo hay que acostumbrarnos a responder cuando lo escuchamos hasta hacerlo en automático, pare el segundo, el proceso implica un involucramiento con la teoría, encontrar modelos a seguir sean teóricos o personales y el trabajo mental de si será sólo una palabra escrita en un pergamino o un estilo de vida, aunque no deja de ser una placa que nos autoriza a ejercer una práctica. Hay quien dice que el título, después de obtenido en el aula, debe ganarse en las calles, brindando el mejor servicio posible y buscando una remuneración justa. Como en todo, también habrá títulos apócrifos (no aceptados) señalados por el gusto popular, por lo que hay en consecuencia, profesionistas subempleados.

Y más que un cuestionamiento existencial, el preguntarnos por lo que somos tiende a medirse por los logros materiales, medibles y contables en efectivo porque es lo que la mayoría puede percibir sin problemas o, al menos eso suponemos. Si intentáramos hacer una abstracción de la riqueza generada por cualquier personaje, ¿tendríamos la capacidad de imaginarla? Digamos, en números cerrados, que debemos plasmar en imágenes cien mil millones de pesos, ¿cuántos billetes, casas, oficinas, autos, uniformes escolares, cenas anillos o cualquier otro objeto valioso podrían representarlos? ¿Dónde estarían guardados o de qué manera los utilizaríamos? Posiblemente ni Slim, ni Azcárraga, ni Salinas Pliego han sido capaces de usar ni el diez por ciento de su dinero en sí mismos.

El mundo universitario es el último bastión de tranquilidad, incluso para los que ya laboran, es la reafirmación de lo que queremos ser con lo cual nos gustaría que nos identificaría el mundo exterior, pero al parecer, la población que asegura confiar en las instituciones encargadas de producir profesionales en todo, es la misma población que pone en duda las capacidades de los egresados poniéndoles además, las trabas suficientes para que ninguno adquiera la seguridad en sí mismos antes de tiempo porque, ¡ah, cómo es importante la experiencia para el mundo empresarial! Pero me pregunto, ¿no debería haber una conexión entre las empresas y las universidades? ¿Y no deberían estas últimas formar empresarios? Después de la escuela, soy asalariado. Salud.

Beto

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