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| Así que no vale quejarse. Foto: BAER |
Vamos, los cultos adolescentes no duran más allá de una temporada de «Family Law»; en estos días saben que algo empieza y algo termina a diario, que eso vale la pena mientras dura pero que ese periodo vale la pena vivirlo «al máximo» (lo que eso signifique), lo curioso es que su sinónimo no es original. Desde mi generación de secundaria ser único y auténtico significaba llegar al embrutecimiento, idea heredada desde los sesenta, la única diferencia es que los medios para lograrlo permitían intervalos de descanso y cierta lucidez, sin embargo, la fantasía de estar conectado exige el consumo de información a toda hora y e todo lugar -¿les suena conocida esta parte?-, tarea que no deja mucho tiempo para pensar ni más espacio que para la reacción a mensajes cada vez más impactantes.
Ésa es la clave, el impacto; es posible que tengamos como mecanismo de defensa, la capacidad de minimizar todo aquello que nos sorprende o nos asusta, algo así como que en tiempos remotos si sobrevivían a un ataque, el tiempo entre una tarea y otra permitiera el razonamiento de lo ocurrido para poder defenderse de otros en el futuro, lo que con la evolución, trasladamos a otras actividades y ahora cada vez que enfrentamos estímulos que nos impactan, los razonamos y minimizamos, por lo que si se desea tener un impacto semejante posteriormente, el estímulo deberá ser mayor o con mayor fuerza, igual que como pasa con los estimulantes del sistema nervioso central. Nuestra capacidad de asombro, así, se ha visto minada dejándonos al alcance de cualquier estímulo.
Y al margen del razonamiento lógico, pues la suposición de que ya lo hemos visto todo nos vuelve indolentes a situaciones que no deberían entrar en el esquema de lo «normal»; que si algo le pasó al vecino, ése que apenas y saluda, por algo habrá sido. Así es como, dejando huecos en nuestras narrativas y permitiendo que otros los llenen, es como tergiversamos las interpretaciones anteriores sobre lo que nos rodea y damos rienda suelta a nuestra imaginación, resultando con ello, pecado donde otros veían santidad e inútil lo que otros consideraban primordial; la idea de que nuestros hijos no deben «sufrir» lo que nosotros sufrimos, ha hecho que crezcan entre algodones que les impide ver el mundo al que deben enfrentarse y lo harán a ciegas. Salud.
Beto

En casa de los abuelos encontré la revista de Selección de Read Digestion( creo que así se escribe, perdón si no es correcto)
ResponderBorrarEncontré una pequeña frase que me marcó mi vida
" a los hijos damos lo que carecimos, pero OLVIDAMOS dar lo que si tuvimos!!
Hoy tu relato Roberto lo trajo a mi Memoria!! saludos tu amiga de la escuela de las Rosas.