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| ¿Será porque creemos que lo que recibimos por las orejas va hacia adentro?. Foto: BAER |
La asociación de los sonidos con la realidad circundante se da en automático puesto que al nacer primero escuchamos y después observamos, por lo cual lo que oímos nos parece más entrañable, por supuesto, desde nuestra vida intrauterina estamos entrenados para la audición y la experiencia acumulada supera con creces a la de la visión por mucho que invirtamos su orden con la edad. El efecto del sonido en nuestro estado de ánimo es poderoso y las respuestas que damos a él son proporcionales ya que el estremecimiento resultante es pocas veces controlable; unas notas suaves provocan ensoñación, calma o seguridad por mencionar algunos efectos, por otro lado, la estridencia nos lleva a un estado de alerta que hace fluir la adrenalina de inmediato.
La primer caricia que recibimos conscientemente es una palabra, me refiero a que posiblemente recibimos abrazos o palmadas desde pequeños pero se nos daban casi de manera automática, quizá porque así debía ser, sin embargo, la búsqueda de la aceptación empieza por el oído, en cualquier nivel y en cualquier situación. Más allá de las terapias, nos encontramos sonidos que nos calman, otros que suben nuestros niveles de competencia, otros que alteran nuestros sentidos o que nos enternecen, en fin, podría decirse que hay sonidos para cada uno de nuestros estados de ánimo, por lo cual el cine o la televisión aún funcionan para que los usemos como formas de entretenimiento o aprendizaje o, de plano, como compañía.
Con ningún otro sentido podemos simular, se ve de frente, se apunta con la nariz hacia el olor la piel se eriza y los sabores nos sacan expresiones involuntarias; con el oído podemos poner atención aunque la vista apunte hacia otro lado. Si pudiéramos medir nuestros ángulos de percepción, diríamos que nuestra vista abarca 160° aproximadamente, el olfato quizá 45°, el tacto y el gusto unos espectaculares 10° (si no es que menos), por su parte, el oído percibe en 360° lo que lo convierte en el más versátil sentido que tenemos, por el que las mamás mantienen a raya a sus críos, los maestros a sus alumnos y los terapeutas pueden guiar a sus pacientes. La costumbre de contar historias al rededor de una fogata sigue manteniendo su atractivo. Salud.
Beto

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