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| ¡Y que nos lo enseña! ¡Y que no sabemos qué decir! Foto: BAER |
Me preguntaba en ese tiempo ¿cómo le harían para sobrevivir en la selva guanajuatense sin saber un ápice de español? Pocos días bastaron para obtener la respuesta, resulta y acontece que los entonces súbditos de Isabel II fueron muy duchos para aprender, principalmente groserías, lo que nos hacía gracia debido a que suponíamos que no sabían lo que decían. Ilusos de nosotros, no contábamos con que tenían como instructores a los reyes del albur de la preparatoria oficial que, además, resultaron ser un tiro para eso de la didáctica, así que los gemelos terminaron sabiendo más del doble sentido nacional que nosotros mismos, claro que en labios de ella, Michelle, sonaban las malas palabras como un canto celestial en nuestros oídos.
El cómo nos enteramos del nombre de ella fue de lo más memorable, resulta y acontece que después de unas semanas de su llegada, nos atrevimos a hablarle, seguros de que ya no era tan necesario el evidenciar nuestro pobre manejo del idioma de Shakespeare, pues la habíamos escuchado masticar algo de español con sus compañeras, así que armados con el valor que da el ir en bola, le preguntamos lo primero que debe preguntársele a una persona, no sin antes notar algo peculiar en su atuendo diario que consistía en una blusa a cuadros pequeños, blancos y rojos, pantalón de mezclilla ajustados y botas vaqueras y no, no era el paliacate que sostenía una buena parte de su leonina y rizada melena roja, era el cinturón que remataba su pantalón.
El gesto nos quitó el aliento por un momento pues al terminar la pregunta, rauda y de un salto dio media vuelta para mostrarnos su parte trasera que pareció de pronto, ocupar todo el espacio que nos separaba y allí estaba su nombre grabado en bajorrelieve en el cinturón de cuero “Michelle”, posiblemente hecho en San Miguel de Allende, Dolores Hidalgo o Guanajuato, agitó sus glúteos brevemente (pero logró detener el tiempo para nosotros) para después, divertida, soltar una sonora carcajada. Nos dejó mudos, inutilizados para continuar con la plática, así que nos dimos vuelta y nos alejamos en silencio. Todas las preguntas que había repasado en mi cabeza se fueron desvaneciendo como humo y ni siquiera atiné a pensar en regresarme para cumplir con lo que nos habíamos propuesto, Pero nos quedó cincelado en la cabeza ese trasero. Salud.
Beto

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