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miércoles, 17 de enero de 2024

Límites en la tolerancia

No se requieren golpes para identificar
agresiones. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Los lugares reducidos siempre han sido un obstáculo para el buen funcionamiento de nuestro cerebro, si el espacio vital es totalmente cierto, la mayor parte de las aulas resultan cajones en donde se almacenan las neuronas hasta quedar casi inservibles. No sé de dónde sale la costumbre de no decir nombres, voy a desobedecer esa orden y mencionará a la Universidad de León como el ejemplo del amontonamiento al que someten a cada grupo cuando reciben sus clases, lo que va en contra de lo que pomposamente llaman su ideario didáctico. Como en todo lo que tenemos en al país, la teoría es muy buena pero la práctica deja mucho que desear, por ejemplo, tratan de impulsar que el docente tenga un contacto directo con los alumnos, en un salón que no lo permite pues los espacios son muy reducidos.

Este ambiente como de ratas de laboratorio, puede que permita un mayor control de satisfactores y su distribución, es decir, al controlar cierto tipo de escasez, se sedimenta a la vez la conformidad por la situación imperante, lo cual no es privativo de dicha universidad, sucede también en un buen número de escuelas en todos los grados en el país, lo que nos coloca en una plataforma idónea para entender al menos, un aspecto del fracaso en ña prueba PISA. Junto con la aún utilizada técnica de memorización, la publicación de contenidos cada vez más elementales y el trato sin una aparente disciplina, las aulas con espacios insuficientes vienen a acentuar la poca capacidad de concentración de los discentes por estar más preocupados en “defender” su espacio vital de los compañeros de clase, pudiendo brotar algún indicio de agresión.

En realidad, no se requieren golpes para identificarlas, las burlas o ciertos señalamientos verbales pueden detonar la incomodidad de quienes se encuentren atrapados en un área de .3 x .3 m separándose entre sí por quince centímetros, si les va bien. ¿En qué puede concentrarse un alumno que desde primera hora debe estar sentado por seis ciclos, casi coco con codo con una veintena, treintena o cuarentena (según el tamaño del salón) de seres igual de molestos que él, que para llegar han viajado -en su mayoría- en un autobús que repite al mismo esquema de llenado y que utiliza de igual manera para regresar a su casa que también es igual de minúscula y debe compartirla con un número excesivo de personas para el espacio disponible; todos esos lugares parecen regirse por la misma sentencia: “pásele, atrás hay lugares”.

Todos y cada uno de los días laborables se produce la misma escena en cada aula del país que tiene las condiciones relatadas líneas arriba, pareciera que nos acostumbramos pero lo más seguro es que adoptemos una postura pasivo-agrsiva con la cual dejar salir por goteo el veneno o acumularlo para que explote cuando surja un buen pretexto; si no nos acostumbramos, entonces toleramos, quizá porque fuimos escogidos desde el principio para no causar algún conflicto porque las condiciones de casa de INFONAVIT no van a cambiar pues, aunque las escuelas trasladaran su sede, por cuestiones de economía los salones seguirán atiborrándose de alumnos para lograr el punto de equilibrio presupuestal, porque hasta para impartir una clase debe procurarse el mínimo gasto. Salud.

Beto

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