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| Algunos cambios son meras rebabas de un hippismo mal encausado. Foto: BAER |
La imagen en movimiento se ha impuesto al sonido ya que impacta de manera inmediata sin dar mucho margen a la especulación, lo que se ve es lo que sucede; el consumo de imágenes ha aumentado exponencialmente con respecto de las décadas de los veinte a la de los ochenta del siglo pasado. En sólo treinta años, nuestras relaciones con los medios nos han orillado a la individualización de ese consumo y el peligro no se encuentra en la idiotización sino en la segregación que tendrá un efecto dominó en nuestras capacidades de comunicación, dado que los lenguajes adicionales a la imagen, cada vez van empobreciéndose a una velocidad pasmosa; en el desarrollo de la radio, se exigía a los locutores, además de buena dicción, tuvieran un bagaje cultural extenso.
Nuestros días han marcado una tendencia hacia la vulgarización, tanto de lo que se dice como de los que se proyecta en pantalla con el pretexto del ejercicio de la libre expresión. El uso de vocablos que nacieron para usarse como insulto por comparación, ahora se usan para (supuestamente) mostrar afecto; ya con la costumbre de cortar las palabras se notaba una tendencia a suponer que el mostrar poco respeto por las formas, era lo aceptable. Hasta se nota que de verdad creen que se ven “en onda” quienes dicen (o decían) “caico” en lugar de canica u “ofi” por oficina para después pasar al “coto” o al “finde”, moda con la que algunos jóvenes quieren verse “cool” y algunos viejos desean verse jóvenes, cuando en realidad ambos sólo han copiado la expresión de algún personaje televisivo.
En las prácticas de edición y montaje, aún se mantiene la idea de mejorar, aunque esto sea sólo una visión técnica, pero gracias a ello, seguimos siendo testigos de buenas formas de contar historias por medio de saltos en secuencias, encuadres alternativos, fotomontajes, colores y efectos especiales. Si la vida es cíclica, es posible que volvamos a mirar que los formatos existen por una causa, que seguirlos garantiza de alguna manera el entendimiento mutuo y que no cualquier cambio en ellos es digno de tomarse en cuenta como algo revolucionario; las mismas revoluciones que pregonan que “las reglas están para romperse” o “que hay que salir de la zona de confort” llegan a volverse rutinarias (a veces no en buen sentido) más rápido de lo que se piensa y los lenguajes en los medios son así. Salud.
Beto

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