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| ¿Y si de verdad no sabemos qué festejar? Foto: BAER |
Ni hablar de los héroes patrios que derramaron su sangre por defender los ideales de una nación que apenas estaba acostumbrándose a vivir libre y soberana, pues hemos venido enterándonos que ni tan nobles ellos ni nos dejaron tan libres a nosotros. La supuesta soberanía se pierde en un mar de discursos demagógicos y panfletarios que nos describen un país que sólo existe en las cabezas febriles de quienes nos dirigen y en los libros de texto que producen; son ese armamento, se meten en temas que no les corresponde abarcar, como en el caso de institucionalizar el 12 de diciembre como asueto nacional. Olvídense ya de que se trate de un tema religioso en un estado supuestamente laico, hacer día nacional un evento que nunca pasó es la cuestión; Juárez debe estar azotándose en su tumba.
Y muchos otros también, después del sangoloteo del que fueron objeto cuando los movieron de la Columna de la Independencia para reconocer sus restos; resulta algo ilógico que se les venere ahora que han estado saliendo al sol, los yerros que cometieron en cada empresa a su cargo más que nada, por el lugar en el que nos encontramos al heredar sus ambigüedades y transformarlas en malas mañas. Festejamos la Independencia porque nos queda claro que es bueno el no tener a una metrópoli decidiendo por nosotros sobre lo que haremos de nuestras vidas, pero ¿de qué nos alegramos en la revolución? Cada participante en el movimiento armado fue víctima de traición o traicionó a otro sin escrúpulos ni remordimiento alguno, dejando en claro que lo único que los movió fue la satisfacción de sus necesidades.
Imaginemos que podemos tener una entrevista o mejor un panel con los protagonistas del movimiento armado de 1910, ¿qué les preguntaríamos? Hay que tomar en cuenta que algunos de ellos no soportaban el ser cuestionados, su formación militar o los eventos traumáticos que padecieron de jóvenes quizá tuvieron que ver o padecer; al fin humanos, tenían que sucumbir a las tentaciones propias de su tiempo, que en realidad son las mismas de todas las épocas, sólo que cambian los conceptos de sofisticación y permisividad. Que un ranchero tomara como pretexto la violación de su hermana para voltear al país de cabeza y eso se equiparara después con la lucha por reivindicar a los campesinos del sur, no parecería muy loable a principios del siglo pasado, pero en estos tiempos es imprescindible desmitificarlos y darles un justo valor. Salud.
Beto

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