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miércoles, 8 de noviembre de 2023

Educar sin miedos

Es la hora de volar de verdad. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El miedo, por sí mismo no es malo; en nuestro proceso evolutivo, como en la mayoría de los animales, ha sido un mecanismo de defensa que nos ha permitido mantener viva a la especie; fuera de los asuntos meramente de sobrevivencia, el miedo viene a ser un lastre para el aprendizaje en general, peor aún cuando se trata de la práctica educativa, pues si con ella transmitimos todo lo que somos, se incluirán también nuestros miedos. ¿A qué tememos por lo general? A no ser aceptados, a no considerarnos aptos o dignos, a no contar con los elementos o herramientas suficientes para sentirnos útiles, en fin, los motivos sobran aun sin contar con los aspectos sociales y de convivencia que hemos venido arrastrando desde hace varias décadas y que no nos han permitido desarrollarnos del todo.

A lo largo de nuestra particular historia, vamos acumulando memorias que moldean nuestro comportamiento social, de entre todos esos recuerdos, los miedos conforman las barreras que nos impiden comunicarnos de la mejor manera, por ende, nublarán nuestro entendimiento para pasar efectivamente los rasgos culturales que permitirán a las nuevas generaciones, el desarrollarse perpetuando nuestro estilo de vida. Pero cada generación tiene uno y los cambios parecen venir de eso que nos dio miedo transmitir por parecer jóvenes, en onda y poco represivos, para que ellos tengan lo que nosotros no tuvimos, ¿cómo sabemos qué es lo que debían tener ellos? Cada hueco generado desde la omisión por ignorancia nos ha estado condenando.

El primer miedo a enfrentar cuando nos toca educar a un nuevo ser (y en las aulas cada año o cada semestre todos son nuevos), es el no tener claro si no seremos suficientes para la tarea, miedo que suele desaparecer con el paso del tiempo, pero cuando al fin logramos dominarlo, el periodo se terminó; vemos quizás, al aula como un campo de batalla en el que debemos derrotar a nuestros propios demonios con, sin o a pesar de los alumnos y en cada uno está el aceptar cuando las armas que blandimos en contra de ellos, resultan obsoletas por lo que el retiro sería lo más digno. Si acaso lo tomamos como la mejor alternativa, nuestros miedos nos acompañarán a donde vayamos, pues son parte de la formación misma del valor que mostramos cada día.

Esa transformación es la que hace que valga la pena el tener que levantarse, arreglarse en lo posible, dar una buena cara en el salón y todavía, tener el buen talante de tratar de comprender qué demonios quisieron decir los estudiantes en sus trabajos, al más puro estilo de la ONU o de la Torre de Babel siendo como profesores, además de todo, sus traductores. Después del servicio activo, sigue vigente la educación de los demás, con la ventaja de que el docente escoge su trinchera y no lo restringe el academismo sino que se amplía a la vida misma; es en el momento de tomar distancia del aula en que todo cobra sentido, en el que la razón por la que se cometieron errores y se lograron aciertos se anteponen a las frustraciones, en el que el salón  adquiere la dimensión exacta de lo grandioso que es educar. Salud.

Beto

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