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| Lo importante es dejar escuela. Foto: BAER |
El aula en sí, aún funcional, ya tuvo una fuerte prueba con la declaración de la pandemia de una de las enfermedades más extrañas a las que hemos tenido que enfrentar, la virtualidad propuso otra dinámica pero la tradición presencial se mantuvo en el colectivo como lo más deseable para la transmisión del conocimiento, esa estructura soportó la tendencia cotidiana de la escolarización en pantalla sin representar un cambio radical en los programas de estudio ni en su aplicación, entonces, ¿qué motivó a los teóricos de la SEP a cambiarlos ahora? Es de suponerse que empezaron a trabajar en ellos desde el inicio del sexenio y no con la pandemia porque, insisto, la estructura de la relación áulica quedó intacta, sin embargo, los contenidos volvieron a sufrir cambios.
Por mucho que se hayan implementado medios didácticos, la relación básica se mantiene (en imagen) como la conocemos desde el siglo XII europeo con la aparición de las universidades; en palabras de Paulo Freire, en la educación bancaria (no importa el sistema económico) los alumnos están para ser llenados de conocimientos por parte del maestro que sabe, es decir, el alumno no se le enseña a formar sabiduría (saber qué hacer con el conocimiento), sólo se le llena de referencias y referentes para que, de memoria, recite lo anotado en los libros de texto los cuales para esta administración, fueron concebidos como simples folletos de propaganda sobre los supuestos logros del gobierno pues, ni las obras que tanto cacarean han sido funcionales, ni los autores de ellas son personajes históricos.
Claro que no es una práctica exclusiva de este periodo, pero quizá no les quedó de otra para apuntalar su intento de trascendencia porque ya no hay calles a las que puedan poner sus nombres, por eso ese alarde de egocentrismo en las páginas de los libros de texto. Lo que quizá no han visto, es que la historia es de naturaleza comparativa y todo lo que actualmente presumen como logro, en las próximas décadas puede convertirse en un aspecto condenatorio para su existencia; tanto Díaz Ordaz con la organización de los Juegos Olímpicos como Luis Echeverría con la proscripción de las armas nucleares, darían cátedra de cómo la matanza de Tlatelolco se convertiría en un estigma que aún hoy ensombrece esos logros y la totalidad de ambos sexenios. Par de inútiles. Salud.
Beto

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