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| Para que pocos tengan mucho, muchos deben tener poco. Foto: BAER |
¿Qué tal si, como aseguran algunos, no existe la otra vida? ¿Qué pasaría por nuestras cabezas si esto fuera todo? ¿Nos hemos puesto a pensar que los que se dedican a delinquir para obtener riquezas en el menos tiempo posible, ya lo pensaron y por eso acumulan aunque no sea suyo? ¿Qué hay de los gobiernos? Hasta el mismo papado sostiene un estilo de vida holgado. Ese comportamiento no es de alguien que está convencido de tener una recompensa en un plano distinto al presente; aun con esa información, no es coherente que hagamos todo para lastimar a otros por el hecho de que nada nos condenará después de la muerte, pues sólo a un loco no le importaría ser recordado como un asesino, un genocida, un gobernante inepto o un simple ratero con investidura.
Los que todo lo material tienen, no viven pues temen que otros se los arrebate, quienes carecen de lo elemental, tampoco lo hacen pues utilizan hasta su último hálito para encontrar qué llevarse a la boca; los que medianamente están tranquilos, deben preocuparse por mantener su nivel de vida y lo único que une a los tres sectores es la incertidumbre. No hemos nacido para vivir, al menos ése es el resultado del creernos el cuento de que debemos competir por tener un lugar en el mundo, cuando lo tenemos por el hecho de existir, como un venado, un puma, una ballena, cualquier insecto o un microbio. Que debemos trabajar, es cierto, como cualquiera de los seres arriba mencionados, pero las estructuras que nos hemos inventado atacan nuestra dignidad como seres humanos.
Por supuesto, no es malo servir a otro, lo malo es entrar en una competencia donde por fuerza uno tenga que tragarse al otro, hablando de empresas que se dediquen a los mismo; entre individuos es lo mismo, dado que en el sistema en el que nos desenvolvemos, no es factible dar empleo a todos los egresados de las universidades y éstas, a su vez, no nos preparan para ser empresarios sino empleados. El mantener un estilo de vida tiene que ver más con la cantidad de dinero que con el gusto por lo que hay en el mundo; aprendemos que siempre habrá quien tenga más y quien tenga menos y no tener es malo, aunque las iglesias digan que ser pobre es lo mejor para entrar al cielo. ¿Y cuándo vamos a aprender a apreciarnos como somos? Salud.
Beto

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