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| ¿Y si en lugar de estudiar, nos vamos por unas chelas? Foto: BAER |
Sembrar la semilla de la curiosidad en cerebros ocupados en apretar botones no es tarea fácil, desde que dichas masas encefálicas creen saber todo lo que necesitan para vivir en este mundo; globalizados como suponen estar, quieren resolver todo con tan sólo el clic de una tecla, el mínimo esfuerzo que viene gestándose desde los ochenta del siglo pasado se ha estacionado de tal manera, que ya se teme por la factura que se cobrará en un futuro no muy lejano. El desdén por novedad es la moneda corriente en un intercambio desigual, no por la cantidad de información, sino por el uso que se le da a ésta en un entramado de ideas cada vez más básico y desechable; el hambre intelectual se “satisface” con datos chatarra y dietas altas en amarillismo y alarmismo del malo.
El contrapeso áulico ya no es suficiente dado que los contenidos se han simplificado llegando a un área de discapacidad formativa y operacional en la que se ha puesto atención solamente a la actividad magisterial sin la observación del compromiso que adquiere el discente al inscribirse en la escuela. Se ha pasado de la obligatoriedad memorística total a la ortopedia mental supuestamente comprensiva. debe haber ejercicio memorístico, no de fórmulas pero sí de su uso para que el margen de inventiva no se deje al azar; ¿cuánto del control del aprendizaje tenemos claro? Es decir, ¿cómo es que un alumno comprueba que aprendió? ¿Recitando como perico las tablas de multiplicar o aplicándolas en su vida diaria? ¿Qué hace o qué debe hacer cuando percibe que no todo el conocimiento es exacto?
¿Y qué si descubre que lo más oscuro del conocimiento está dentro de sí mismo? En la antigua encomienda socrática “conócete a ti mismo”, solemos pensar únicamente en las bondades, pero en ese conocimiento suelen aparecer los demonios que alimentamos supuestamente de manera inconsciente, por lo que realizamos cosas que “no queríamos hacer”, por las cuales deberíamos responder pero que pocas veces estamos dispuestos a hacerlo, no por otra cosa, sino por la paupérrima preparación que tenemos para soportar la propia imagen. Tarde o temprano la enfrentamos y con ello viene la oportunidad de tener el aprendizaje más significativo de todos, pues con él mediremos nuestras fortalezas, el grado de vulnerabilidad, las aficiones adquiridas y, lo más importante, qué tan abiertos estamos para amar. Salud.
Beto

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