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| En el libro de los nombres, todos los apelativos valen lo mismo. Foto: BAER |
Los significados van aparte, antes que todo hay que acostumbrarse a que nos llamen de esa forma específica, para que después no nos lo cambien por vocablos supuestamente cariñosos como diminutivos o apodos y si las correrías fueran muchas, termináramos respondiendo a “wey” yéndose así al caño, todas las deliberaciones y los quebraderos de cabeza para ponerle un nombre al niño que responda a su carácter, que reflejara el linaje familiar o simplemente que respondiera al gusto de los progenitores, procurando que su sonoridad hiciera juego con los apellidos que portará toda su vida. Sin embargo, podemos encontrar a unos orgullosos Brian González, Stephany Sánchez o Connor Pérez que irán por el mundo desafiando lo desafiable, mostrando que las mezclas interculturales no tienen porqué pasar escrutinios intelectualoides.
Resulta interesante el proceso mental por el que nos convencimos, entre otras cosas, de que nombres como Eulalio, Cornelio, Epifanía (así, con tilde en la “i”) o Petra, no eran dignos de adornar el acta de nacimiento de las entonces futuras generaciones ávidas del modernismo, pero que a su vez eran víctimas de la moda telenovelera, por lo que hicieron su aparición las Vivianas y las Bibianas, según qué tan ilustrado fuera el escriba del Registro Civil, lo que también acentuaba la división social por clasismo nominal, aunque se siguiera tolerando la existencia de las Guadalupes, las Soledades o las Cármenes por anuencia virginal. Es cierto que la sonoridad de un nombre aporta a la seguridad de su dueño, pero no es lo único en lo que se finca, puesto que las razones de portarlo trascienden el mero capricho de quien lo impuso.
Una lección sobre la dignidad, nos la dio nuestro amigo Homo, una vez que al convivir con gente que no conocía, tuvo que presentarse y al hacerlo, un tipo empezó a reírse; Con toda calma, Homobono le extendió la mano y le preguntó por el suyo, aquel sin dejar de reírse le contestó con un socarrón “Michel”, Homo, sin soltarle la mano lo vio fijamente a los ojos y sin medir advertencia le disparó un “qué marica”; el tipo se jaloneó y con la expresión de coraje en su rostro, quiso empujar a su supuesto agresor. Éste, aún más calmado que antes, lo paró en seco con una oración contundente: “aguántese, usted empezó. Si se va a llevar, aguántese”. Entendimos que todos los nombres sonarán tan respetables o ridículos como nuestra ignorancia lo permita y nos convenzamos de sus significados. Salud.
Beto

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