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| La ciudad se aprende caminando; hay que aprenderla antes de que se vuelva fantasma. Foto: BAER |
Las alternativas virtuales tienen su encanto hasta que la vista cansada hace su aparición y, si a eso le aunamos la pérdida de los anteojos que por más de diez años fueron parte de la vestimenta usual, la cosa toma un tono tornasolado como de mente en blanco. Pero mejor hablemos en general para no ponerme a llorar por mi desgracia (que viva ella); si de adolescentes se dieron la oportunidad de caminar por las calles del centro, tratando de descubrir detalles a los que no habían prestado atención, seguramente toparon con un altorrelieve en la esquina que forman las calles de 5 de febrero y Revolución, cuatro figuras antropomorfas toscamente cinceladas (eso creo), como un pegote en la arista de la pared de la mueblería que anuncia en su letrero exterior su sistema de apartado de uno a tres meses.
Pareciera que esas figuras en su fondo azul, están allí para invitarnos a pasar al museo “Salvador Almaraz”, a una sola cuadra de distancia. Algo que siempre me he preguntado, ¿desde cuándo vigilan esa acera? No recuerdo que hayan estado siempre, aunque sí la sorpresa que me produjo el descubrirlas de pronto, casi la misma que me produjo el cierre abrupto (para mí) tanto del hotel Oricer como de la peluquería La Regia, del primero en su totalidad y de la segunda, un cambio de local a uno de los pasajes de la calle Guerrero que, por cierto, no hace justicia al historial de tan ilustre negocio. Y ni hablar de la pequeña pero muy bien surtida librería que atendía el cuñado de una de mis más estimadas amigas, personajazo al que ya no he tenido la suerte de ver.
Es increíble la cantidad de recuerdos que encierran escasos cien metros de la calle Juárez (para mí sigue llamándose así) que, estoy seguro, de haberse mantenido como la conocí, estaríamos hablando de tradiciones bien ubicadas, presentes y en funciones, no como todo lo que tuvimos y ya no está. Por fortuna, aún existen los jugos California, que posiblemente estén perdiendo el toque, pero está en nuestras manos volverlo un lugar presumible que tenga (o vuelva a tener) un sabor característico y el ambiente que lo distinga y que no quede en ruinas como el hotel ni que lo sustituya una tienda de “chones” como a la librería. Un primer paso para valorar la historia del pueblo es vivirla, el segundo no menos importante, sacar el orgullo y tener las palabras para presumirlo. Salud.
Beto

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