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miércoles, 14 de diciembre de 2022

Escribir, más vicio que placer

Las instrucciones vienen a veces
de mentes pequeñas. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El sólo oír la palabra dictado en aquellas polvorientas aulas de los años sesenta, hacía que las manos de esos chiquillos que conformábamos el segundo “B” de la escuela Carlos A. Carrillo, se entumecieran de antemano. La voz semitipluda de la maestra taladraba los oídos de los presentes sin excepción alguna, tiraba al aire algunas indicaciones y amenazas, abría un gran libro sin ilustraciones y pronunciaba palabras ininteligibles para esas mentes más preocupadas en no retrasarse que en entender lo que dibujaban en su cuaderno ¡y cuidado con no respetar las líneas! O que no se le entendiera a la letra por que “ardía Roma” con todo y Nerón; bajo esa presión, era irremediable que más de uno se quedara atrás.

Obviamente la frustración y el miedo asomaban por cada par de ojillos rasados que lo único que les quedaba, era fingir que seguían anotando; pedir a un compañero que les dijera la oración en la que se habían quedado significaba un doble retraso y el inminente castigo para los dos, ¿parar? ¡Imposible! El feroz ataque de la docente habría exterminado lo poco de autoestima que les quedaba, fingir que la pluma seguía trazando únicamente aplazaba el fatídico destino reforzado por las furtivas miradas de lástima de los que sí seguían escribiendo. El punto final sonaba a sentencia de muerte; comenzaba la revisión cuaderno por cuaderno y una a una caían las pequeñas cabezas arrolladas por un “mal hecho”.

En palabras de Mafalda, eso no era otra cosa que un inútil derramamiento de ceros; que si la raya, que si la panza de la “b”, que si la cola de la “j”, que si no usó todo el renglón, que si... ¡horror! ¡Pecado mortal! ¡Usó tinta roja en lugar de azul! Pronto, junta con sus padres para quejarse de ese chamaco que no parecía entender, que era el colmo que con casi siete años no supiera atender órdenes, que se iba suspendido porque no era la primera vez que lo hacía y que, como tomaba todo a guasa, mejor se fuera a su casa y dejara de estorbar a los que sí querían aprender. Todos comprendían lo que pasaba, menos el acusado que sólo atinaba a voltear de un lado a otro sin saber porqué nadie le ayudaba a explicarles a los adultos que no sabía escribir.

Al menos no tan rápido como pretendía la maestra, que más que enseñar a niños, pretendía preparar a taquimecanógrafos. Pocas veces se oyeron elogios en ese salón, menos en las casas puesto que ningún padre estaba dispuesto a mantener vagos que no querían aprender, cuando eso era su única obligación. Las clases de Español se volvieron un tormento en las que la tensión se podía cortar con un cuchillo, los callos en el dedo medio de cada infante era la mismísima marca de la época, como un sello con el cual se identificaban como caligrafistas fracasados, algunos habrán optado por un teclado, otros se habrán olvidado del asunto para siempre, pero si creían que esos eran los límites del infierno, no tenían idea de las clases de lectura. Salud.

Beto

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