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miércoles, 7 de diciembre de 2022

Viajes increíbles

¿La genialidad no podría ser un arquetipo de cualquier
actividad no académica? Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Al igual que muchos, a mí me gustaba que me contaran las peripecias que tenían que haber pasado los grandes descubridores para lograr sus metas, sin importar que tuvieran que atravesar medio mundo o que estuvieran encerrados en un laboratorio por semanas, eso era mucho más interesante que clasificar las plantas encontradas en sus viajes o entender la fórmula química de la vacuna contra la rabia; ni siquiera el resolver problemas con el teorema de Pitágoras podía hacerme sentir satisfecho, hubiera preferido saber cómo vivía dicho sabio y qué le llevó a pensar en semejantes cosas. Llámenlo interés por el chisme si quieren, pero siento que el saber sobre las personas me hubiera ayudado más a entender las matemáticas o la física que las simples fórmulas.

Salvola anécdota de Arquímides saliendo desnudo a la calle gritando “lo tengo, lo tengo”, muy poco se sabe en el aula de los teóricos de las lecciones que debemos aprender, lo que crea la ilusión de que el genio se da de una sola manera, que es un don y que no se puede desarrollar, pero si Cervantes no presenta según los historiadores rasgos que digan que su IQ era superior, ¿cómo es que se convirtió en un genio de las letras? ¿O Paz o Rulfo? ¿Sería posible que todos tengamos una propensión a ser genios pero lo mecanizado de la educación no lo permite? Quizá sólo sea cuestión de método tanto en la detección de los evidentes como en el encontrar los formatos que despierten la creatividad para que cualquier hijo de vecino alcance su máximo potencial.

Ya que mencioné escritores, quizá sea necesario revalorar la lectura, pero no el afirmar nada más que es importante leer, sino encontrar nuevos nichos narrativos sin prescindir de la espectacularidad, pero sin caer en amarillismos; Para eso es importante averiguar qué se está escribiendo en estos días y quiénes son los autores que se adscriben a esos temas; encontrar si algunos de ellos vive cerca de donde habitamos para tratar de entender sus motivos. Es posible que nos encontremos con los mismos recorridos que esos autores realizaron para construir su obra, la cual podría hacer que viéramos esos lugares con otros ojos, pisar las mismas calles que ellos o sus personajes, admirar los mismos edificios, saborear los mismos alimentos que podrían ser de puestos ambulantes.

Aplicaría la frase que la frase que alguna vez le escuché a Paco Ignacio Taibo II sobre los edificios históricos del Distrito Federal (sigo llamándolo así porque funciona de la misma manera a pesar del cambio de nombre) pero en la literatura “la(s) historia(s) está(n) aquí, sólo hace falta conocerla(s)”. Lo mismo pasaría con las películas, por ejemplo, el balcón de donde se descolgaron Ricardo Blume y Jacqueline Andere en “Los enamorados” (1971) en el centro de Irapuato o la Calzada de los Héroes en León. Sé que las escenas a las que hago referencia duran muy poco, pero al menos quedaron grabadas en la memoria fílmica de este bendito país. ¿Cuántas historias podrían recorrer ustedes? ¿Ya conocen Comala? Sería buen pretexto para viajar llevando una copia de Pedro Páramo. Salud.

Beto

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