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miércoles, 18 de enero de 2023

¿Qué pensabas John?

La colectividad, ¿qué es eso?. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- De cierto lo tengo, los niños de ahora ni remotamente se parecen a los de principios del siglo veinte con los que le tocó trabajar y no voy a caer en comparaciones absurdas sobre el comportamiento, sino en la cantidad de herramientas didácticas a las que tenían acceso aquellos y las que disfrutan éstos. John Dewey, con todo y su pragmatismo, se daría de topes con ciertas actitudes que hemos tomado en este universo tecnologizado, donde el hacer ya no refiere al esfuerzo ni el pensar lleva a la indagación como una disciplina de campo, que el aprovechar las máquinas resulta en la búsqueda del menos esfuerzo para tener más tiempo libre, para realizar tareas que nos representen otro mínimo esfuerzo para tener más tiempo libre y así ad infinitum, hasta llegar a un punto en el que no sabremos qué hacer con tanto tiempo libre.

La búsqueda de iniciativa debe haber funcionado como motor para llevar la curiosidad al límite, con toques de asombro productivo que sentarían las bases de la revolución tecnológica de finales del siglo pasado, pero que creó como contrapeso, una serie de generaciones adictas a la inmovilidad, que suponen que las máquinas se hicieron para suplirlas en sus tareas y así permitirles de más tiempo libre para... hacer nada. Como que la imaginación se nubla con tantos distractores porque los juguetes y las herramientas se han fusionado de una manera muy rara, nada más hay que darle un vistazo a los teléfonos móviles: juegos, producción de audio y video, mensajería y, en el colmo del derroche tecnológico, sirven también hasta para hablar. Al parecer, la calidad de su uso es inversamente proporcional a la imaginación.

Me refiero a la imaginación requerida para crear esos aparatos que me recuerdan siempre el reclamo de un actor de Televisa, sobre las críticas que algunos hacemos de las telenovelas, me cuento no porque me conozca o me haya leído, sino porque he externado mi opinión sin pudores sobre las historias de las empresas televisivas. La queja versaba sobre lo difícil que era producir semejantes culebrones, que no era justo que criticaran su trabajo puesto que nadie sabía la de problemas que tienen que enfrentar para terminar de hacerlos, lo que me hizo pensar que tenía razón, a medias. Es cierto, desde la planeación, la ejecución, los traslados, la consecución de insumos y locaciones, coordinar actores y técnicos, es toda una odisea y los productos, visualmente, tienen muy buena calidad probada.

Únicamente hay que ver el atractivo que manejan tanto en actores como en actrices y es cierto pero, si de verdad es tanto y tan difícil el trabajo ¿por qué demonios lo desperdician en historias de porquería? Un esquema aplicable a la forma en que estamos educando a las nuevas generaciones, pensando en luchar por una libertad que no se han ganado, con esquemas de instrucción cada día más básicos, en ambientes que tienen como regla el disimulo. La libertad tiene ahora una sola cara que resulta en un galimatías para la paupérrima preparación académica que arrastramos desde los setenta, que ha producido seres que creen que salen y sirven, aunque no saben a quién. No John, los niños atentos y obedientes de tu época ya no existen, en cambio tenemos indolentes que suponen merecer todo. Salud.

Beto

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