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| Los protocolos son la escoba y el pueblo es quien la lleva. Foto: BAER |
De los formularios pasamos al ejercicio de los formatos, de los impuestos y de los adaptados; hay los que pueden seguirse fácilmente, pero otros parecieran hechos para que nos enemistemos con la vida. Se presentan impresos en papel, proyectados en una pantalla, en formaciones marciales o eventos donde lo que importa es la jerarquía; los pasos a seguir están basados en la lógica de quien los creó la cual obedece al tiempo, la situación política o económica de su entorno, el capricho de quien esté gobernando en el momento y de la impresión que de todo tenga su creador. El protocolo es una fórmula para agradar a un ente superior tangible o intangible que generalmente son gobernantes, líderes locales, regionales o mundiales, la patria o una deidad cuyo esquema sea un misterio.
También es cierto que una actividad protocolaria provee orden que puede aplicarse a la vida diaria, desde el momento en que entendemos la naturaleza de las autoridades con las que convivimos y que esa naturaleza está basada en nuestra aceptación; la autoridad no emana del que la ostenta sino de quien la otorga. Si pensamos en una escuela, el orden jerárquico se sienta en una base muy amplia que es el alumnado, primer plataforma que debe darse cuenta que al insertarse en el plantel, está autorizando al personal a darle indicaciones sobre su comportamiento, los contenidos que debe aprender y las razones de las reglas que los rigen; la plataforma magisterial por su parte, debe hacer conciencia de que autoriza al personal administrativo a que revise su accionar en el aula.
Este personal, a su vez, debe entender que ha autorizado a una persona para dirigirlos hacia los caminos que transitarán como institución; en palabras llanas, aunque los nombramientos vengan de las cúpulas del poder, quienes realmente les otorga la autoridad para actuar son los dirigidos cuya confianza descanse en suponer que lo que lleven a cabo, será en beneficio de todos. Pero el protocolo nos deslumbra y hemos creído que nos toca obedecer, cuando en realidad hemos mandado a nuestros representantes a que cumplan nuestra voluntad, al menos ésa es la teoría escrita en la Constitución, un contrato social al que nos adherimos de palabra mas no de obra, porque nos cobijamos diciendo que así somos, que es nuestra esencia y que, al fin y al cabo, las leyes se hicieron para violarse, protocolariamente. Salud.
Beto

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