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| Acordar no es pensar lo mismo, sino ver lo valioso en el pensamiento del otro. Foto: BAER |
La opinión se forja mediante la lectura, eso es una máxima a la hora de escribir un ensayo, una columna o un artículo y entre más profundo se desee llegar, más lecturas deberán hacerse, tanto en letras como en imágenes poniendo a prueba con ello, la capacidad de observación de cada uno; también es lógico que por cada observador de un fenómeno haya una perspectiva que complementa a las demás; los desacuerdos pueden aparecer por el lugar de observación, generalmente contrario, que provocaría una explicación distinta no necesariamente equivocada aunque sí opuesta como en un espejo, lo que implica que en una discusión sea probable que se esté diciendo lo mismo, pero en diferente orden, provocando con ello enfrentamientos bizantinos con un fin semejante entre bandos.
¿Cuántos, al escuchar una versión de un hecho distinta a la suya, están dispuestos a defender el derecho de externarla? Nos hemos presionado tanto a tener la razón por sobre todas las cosas, que solemos perder de vista que lo que importa es llegara a acuerdos en todo lo que haya que enfrentarse y hay mucho de ello todos los días. En un segundo estadio, hay poca disposición a escuchar por el presupuesto de que, para que haya acuerdo, por fuerza debe haber concordancia en los argumentos y, por lo tanto, cualquier oración que no sea igual a lo que pensamos, no vale la pena escucharla; un tercer nivel se compone de la descalificación automática por imagen, es decir, si a simple vista alguien no parece confiable, entonces todo lo que diga será poco creíble, aunque tenga pruebas.
Realmente es difícil aceptar que el otro tiene razón en lo que afirma y que la verdad debe ser construida por todos los involucrados en una historia, en otras palabras, la verdad es un constructo formado por todas las razones existentes acerca de un fenómeno, que es finita y responde a las circunstancias específicas de ese momento. Las leyes universales aparecerán, pero no pueden forzarse; hay quine cree que ya están dadas y que todo se deriva de ellas, algo así como nuestro concepto de original que no surge de la nada, sino de las variaciones que puedan proponerse sobre lo ya creado. Por lo tanto, el desacuerdo (o la posibilidad de él) es sólo un camino hacia la estabilidad de pensamiento, que busca la colectividad y, por tanto, el conocimiento. Salud.
Beto

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