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| El trabajo del maestro es intelectual, no manual. Foto: BAER |
Requisito indispensable para la diversión aunque le cueste la vida al gato, motivo de la expulsión vía poder divino a Eva y Adán, travieso pretexto para las andanzas de Casanova, muestra de la preciosa locura del Quijote, todos ellos con algo qué enseñar aunque sólo uno tuvo a su Panza de apoyo. Poder abrir la mente ajena es un placer que sólo los elegidos pueden presumir pero pocos de ellos tienen la suerte de darse cuenta, condición indispensable es que algún alumno lo externe en presencia de su mentor o de lo contrario a otra persona que decida compartir esa información con alguien que la lleva a otro lado que por casualidad llegue a los oídos del maestro; ambas opciones difíciles de escuchar, pero no imposibles. La diversión comienza en el preciso instante de la motivación.
¿Qué debe hacer un docente para divertirse en clase? La docencia ha sido revestida con una solemnidad casi clerical que no permite ciertas libertades, quizá debido al halo de poder que la rodea y que el riesgo está en que posiblemente los titulares de las clases no tienen una idea clara de cómo manejar ese poder, por otro lado, tampoco han de saber cómo ver a sus alumnos para poder considerarlos compañeros de entretenimiento. Porque, pensemos en aquella persona que nos enseño a jugar algo, ¿tuvo alguna investidura especial al momento de mostrarnos la mecánica y las reglas del juego? Una vez que aprendimos ¿nos vimos obligados a honrarlos o a hacerles un festival con el fin de recordar sus enseñanzas? No, simplemente tratamos de hacer lo mejor posible y dar nuestro máximo esfuerzo en aquello que se nos confirió.
La docencia, por tanto, ya no debe ser el apostolado que se impuso con los gobiernos de la Revolución, la visión judeo-cristiana de que todo debe ser hecho con sacrificio para que pueda ser digno, ha servido sólo para que se aprovechen unos cuantos de la mayoría que aún confía en la promesa de la gloria eterna. El maestro debería disfrutar de su labor empezando por saber que su trabajo es valorado en su dimensión exacta; entendiendo que noes un simple instructor sino un agente de cambio y/o reproductor del sistema que ayude a organizar las mentes que cada año tiene a su cargo. Que esa valoración se vea reflejada en la remuneración económica por el trabajo intelectual y no por los productos atestados de “bolitas” y “palitos” que sirven sólo para llenar arcas virtuales. Salud.
Beto

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