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Dentro de lo que cabe, un salón virtual debe ser un espacio donde fluyan las ideas, una cava del conocimiento o en su defecto, una alacena de información gourmet.

miércoles, 31 de agosto de 2022

Presencial o virtual

Estoy contigo sin estarlo. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El tiempo actual está dividido en “antes de la pandemia” y “después de la pandemia” (ap/dp), algo que vino a modificar nuestra manera de ver el entorno cotidiano; las relaciones sociales se han visto modificadas en general; en lo particular, la escuela acaparó la atención de todos, estuviéramos en relación o no con ella, debido a que la concepción de la educación a distancia aceleró su proceso sin que hubiéramos estado preparados para su implementación global. Las clases virtuales dejaron, sin ser malas, un pequeño hueco en la idea que hemos mantenido desde hace siglos de lo que debe ser un aula y la discusión que pudiera surgir, no gira en torno a las bondades o ventajas de un sistema u otro, la razón es otra.

En un análisis comunicacional, un medio cualquiera impondrá su naturaleza a la esencia del mensaje, empezando por la verosimilitud, pasando por la complejidad y terminando con la interpretación (decodificación); el tiempo es una variable que se maneja de forma distinta en un medio electrónico aunque se tenga la posibilidad de repetir sin restricción, como en el caso de una grabación. A pesar de que el mundo es audiovisual, la percepción del mismo no es igual en directo que mediante encuadres, la parcialización resultante depende de previsiones, concepciones e interpretaciones de quienes operan los medios, algo así como “verás únicamente lo que espero y quiero que veas”.

En los sesenta, los dibujos animados hicieron la predicción de lo que ahora es la normalidad; consultas, trabajos, clases y cualquier otra cosa que se les ocurra, ya sucedía en el mundo de los Supersónicos, cuyo nombre da razón del tiempo en que fueron creados, pero cada detalle ahí expuesto, se reproduce en nuestro tiempo con una exactitud pasmosa, incluso la tecnología presentada en las películas del Santo (el nuestro, no el gringo) palidecía con lo que usaban los integrantes de la famosa familia Sónico. La vorágine de la inmediatez aún nos sorprende a los nacidos en aquellos años y nuestras fantasías, a pesar de verse cumplidas, aún cuentan ciertos pendientes como los autos voladores que, según Marty McFly, ya debían haber aparecido en el dos mil quince, pero no.

El futuro tecnológico parece promisorio, pero aún la convivencia no termina de ajustarse; todavía pensamos que -como en los noventa- atender una llamada telefónica o un mensaje de texto, es más importante que atender a la persona con la que compartimos el espacio; el aula podría pasar a segundo término si la idea anterior fuera válida para todos los temas, sin embargo no es así. La valoración de los espacios es curiosa porque, en el caso de una cafetería, la sala de la casa, el cine, la recámara o la oficina, la cercanía virtual parece significar una urgencia, aunque la razón de atender el teléfono diste de ello; la escuela en cambio, tiene el status como el de una iglesia, no por la comunión o la convivencia, sino por el sentido de control que proporcionan a todos sus integrantes. Salud.

Beto

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