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miércoles, 24 de agosto de 2022

La escuela como institución financiera

No falta el aprovechado para el trabajo
de otros. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Parece una idea que saca a la escuela de su natural propósito, pero habría que pensarlo con detenimiento; lo primero que se piensa al abrir un negocio es vivir de él, es decir, que sea auto sustentable y, además del esquema de la escuela privada, la pública también debería observarse desde la misma óptica, total también piden cuitas de mantenimiento. Toda agrupación que tiene como fin la transformación es una empresa ¿por qué no hacerla negocio? La escuela está encargada de transformar a las bases sociales en mejores seres productivos, lo lógico sería convertirlos, además, en socios de su propia transformación y que esa sociedad les reditúe también en un futuro bienestar económico real no sólo en la promesa de uno, por así decirlo, que el primer dinero para invertir saliera de su trabajo en la escuela.

Convertir a la escuela de una sociedad de consumo a una sociedad productiva debería despertar en la niñez el sentido financiero, que los múltiples talleres no se romanticen y se vuelvan formas de generar recursos ya que se habla de crear productos en la famosa modalidad de competencias. Y no, de ninguna manera se trataría de explotación infantil puesto que, de lo que se trata es de que cada infante aprenda a valorar su trabajo, sabiendo que lo que hace se vería reflejado en su bolsillo. El esquema que se me ocurre iría de lo manual a la producción de ideas, desde la primaria a la universidad, cuya estructura financiera redituara en una cuenta cobrable al momento de terminar los estudios, una especie de fideicomiso o cuenta de inversiones por un mínimo de dieciséis años.

Si la instrucción por competencias propone la obtención de productos, podría procurarse que éstos fueran útiles y abiertos para la sociedad, que su consumo dejara las ganancias suficientes para seguir financiando los programas en los que estuviera la escuela inmersa y que ni los materiales ni la compra, salieran de los bolsillos de los papás, en otras palabras, que el mercado de cada institución se extendiera más allá de sus muros. Las artesanías podrían proponerse como un nicho de negocio y un plus en la educación general de los niños de primaria; algo sobre tecnología de alimentos, electrónica o ropa para los de secundaria; registro de documentos y su compilación acerca de datos históricos de la comunidad, en prepa y trabajos de investigación en la universidad que mejoren la presencia o creación de nuevos productos.

Me doy cuenta en este momento que una idea de esta naturaleza no está exenta de suspicacias, pues quién en este país estaría a cargo de un programa que comercializara la mano de obra infantil sin caer en la tentación de desviar los recursos obtenidos hacia cuentas, digamos, más personales. Claro está, lo que apunto no es más que una charada, en México nunca ha pasado ni pasará que alguien se aproveche de la buena voluntad de los demás, por eso no ha habido riesgo de perder los pensiones, ni se han cancelado programas de asistencia social, por lo que el manejo de un dinero extra desde la escuela estaría plenamente asegurado. Y luego se preguntan en el extranjero que cómo es posible que los mexicanos tengamos buen humor. Hijos de la tragedia. Salud.

Beto

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