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| En la búsqueda de oportunidades, sólo hace falta el propio interés. Foto: BAER |
No niego su existencia porque esa negación no puede ser absoluta, un alumno no sólo se inserta en la escuela, hay aprendices en todos lados en todos los ámbitos productivos y así com hay malos elementos en las aulas, también los hay en los talleres y en las oficinas, pero nadie es tan malo como para no servir en ningún lado, además los valores como la apreciación del arte, están en los ojos de quien observa. El esquema mental del instructor es primordial para detectar la utilidad de un alumno y la prudencia de hacerle responsable de algunos contenidos, no sólo por su complejidad sino por el método a utilizar. Por supuesto, en el esquema industrializado de producción en serie de trabajadores, la educación personalizada no es más que un paliativo a la frustración educativa.
Hay quienes no nacieron para estudiar, al menos no en libros, al menos no en todos los libros; las páginas de su interés deambulan por las calles, trabajen detrás de aparadores, viajan en autobús, aprenden de sus actitudes, de sus palabras y de sus reacciones ante lo que sucede en sus entornos. Son ellos los que dan fundamento a quienes acuñaron el término de “universidad de la vida”, son ellos los que se dan el lujo de escoger a sus maestros y adjudicarles las materias que han de impartir, no al revés. Por ello su currícula es personalizada, única e irrepetible, ausente de rigor académico, pero con eso que el aula logra a cuentagotas: el interés. ¿De dónde nace en las mentes curiosas de esos aprendices de todo? ¿Qué hicieron los mayores para llamar su atención?
Aquellos afortunados que eligieron a sus maestros de vida se habrán dado cuenta del brillo en sus ojos, reflejo de la disposición que mostraron en compartir sus conocimientos, puesto que ellos mismos notaron la disposición de su interlocutor a aprender; la comunión aparece como un chispazo y se enciende como una gran hoguera que transforma todo como en una forja. Los materiales suelen ser indistintos y el oficio se vuelve el mejor pretexto para la preparación vital; una suerte de Miyagi-Daniel san en la que ambas partes salen victoriosas. Así, el alumno malo desaparece, pues se somete a sus propias convicciones, ávido de la mayor cantidad de contenidos y convenciéndose todos los días de que su elección fue la mejor; las oportunidades están al alcance de todos y no se pierden, simplemente las aprovecha otro. Salud.
Beto

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